@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

813

El miedo es algo inherente a la profesión médica. A mí, sin ir más lejos, hay muchas cosas que me dan miedo. Me da miedo, por ejemplo, que me llamen a las cuatro de la mañana, en lo más profundo de mi sueño, porque tengo que hacer una traqueotomía de extrema urgencia, saber que soy el único que la puede hacer y que como tarde mucho en conseguirlo, el paciente morirá asfixiado.

Ése es un miedo que conocía y que acepté gustosamente al comenzar mi profesión. Sin embargo, existen otros miedos, miedos que he tenido que aguantar durante la residencia y que nadie te cuenta. Miedos que yo había olvidado hace unos meses y que este fin de semana he recordado, hablando con mis antiguos compañeros, al hilo de la huelga de los MIRes.

Existe el miedo, por ejemplo, a no ser un buen residente. Se trata de un miedo bastante tonto, porque cuando estás fuera de la residencia te das cuenta de que las formas de evaluar a los residentes no son para nada las que definen a un buen médico; pero bueno, es un miedo, y es un miedo razonable. Hablando con varios MIRes en huelga, he descubierto que, con motivo de la huelga, muchos de ellos tienen miedo a que sus adjuntos tengan mal concepto de ellos: simplemente por defender lo que creen justo. En especial, en los casos en los que los adjuntos se encargan de hacerles saber a los residentes que está siendo así.

Luego está el miedo a las carencias formativas. A perder días de aprendizaje, a perder cirugías únicas y a perder ver de primera vista casos extraños. De nuevo se trata de un miedo comprensible; pero, visto desde fuera, tampoco es tan grande. Cuando uno acaba la residencia, descubre que tiene que seguir aprendiendo y estudiando cada día, que nunca lo sabrá todo y que, aunque perdiera un mes de formación, tampoco se iba a notar tanto al acabar el MIR.

Tampoco falta el miedo a la repercusión laboral: a que se tomen consecuencias y que haya un castigo por haber hecho huelga. Aunque esto puede parecer una barbaridad en un país democrático como el nuestro, ese temor existe. Existe el miedo a que si uno no es un “buen chico” perderá el trabajo, a que sufrirá marginación por parte del resto o a que tendrá que realizar trabajo extra para compensar su marcha.

Pero cuando hay mucha gente en huelga, uno se da cuenta que esos miedos no son tolerables, y que no pueden serlo dentro del país en el que queremos vivir. Entonces esos miedos evolucionan, se transforman y se antagonizan y se convierten en valentía. Y es cuando uno comienza a leer noticias sensacionales en internet. Como que los MIRes siguen luchando al octavo día de huelga indefinida. Que en Andalucía los adjuntos con contratos eventuales se reúnen y estudian adherirse a la huelga. Que en Madrid toda la Sanidad está en pie de guerra. O que algunos periodistas se revelan contra las órdenes que tienen de no cubrir la noticia y que, fieles a la ética periodística, cuentan lo que está ocurriendo.

A veces, se muere un paciente joven. Entonces, como inconsciente mecanismo de defensa, uno mira su edad en la historia clínica y se sorprende de que sólo tenga un par de años más que él, o incluso un par de años menos. Y uno no puede evitar sentirse identificado.

A veces, se muere un médico tras una larga y discapacitante enfermedad, que tanto él como sus asistentes saben cómo le va a ir degenerando y qué pronóstico le depara. Y uno no puede evitar pensar en cómo reaccionaría si ese médico fuera él.

Y a veces, el que se muere es un médico joven. En esos casos, la sensación de amargura e impotencia es tal, que resulta imposible describirla con palabras. Y uno no puede evitar estremecerse cuando un robot idiota de Facebook le invita cada dos por tres a “retomar el contacto” con ése médico que ya no está entre nosotros.

Todos hemos sufrido miedo a la muerte en alguna ocasión, pero para algunos es más sencillo olvidarlo que para otros. Los sanitarios, al ver la muerte cada día delante de nuestras propias narices, no estamos entre los grupos con más facilidades.

Cuando salgo al centro y veo a ciudadanos sanos paseando felices y comprando en tiendas, pienso que los moribundos son pocos y que, por cuestión de probabilidad, seguramente yo me mantendré en el grupo mayoritario. Pero en ocasiones me planteo si los que salen a la calle son en realidad una población muy sesgada y que muchos son los enfermos que están encerrados en sus casas.

Entonces me entran unas ganas terribles de disfrutar el momento, dada la incertidumbre de cualquier instante futuro. Haciendo la compra, siento ganas de basar la propia dieta en pizzas y helados, amparándome en el pensamiento de que quizás mañana ya sea muy tarde para comerlos. El mismo razonamiento se aplica a la hora de comprar ropa, cuando la impulsividad me supone gastos que sin duda deberían haber sido más meditados.

Quizás haya más ejemplos en los que yo y otros caemos en el placer material para vencer el miedo a la muerte; afortunadamente, en mi caso, no implican conductas de demasiado riesgo. No he experimentado nunca con drogas duras, ni he tenido relaciones sexuales indiscriminadas, ni he dedicado tanto tiempo al placer como para que acabe afectando a mi vida profesional. Aunque, habiendo comentado estas tentaciones con algunos colegas, alguna vez todos nos las hemos planteado. Somos humanos.

Siempre pensé que estos miedos eran una actitud egoísta, fruto de pensar demasiado en uno mismo y que quizás se resolvieran dedicando nuestra atención a las personas que queremos. Rocío, sin embargo, me dijo que también hay que tener cuidado con esa actitud, pues los mismos temores sobre la muerte que uno alberga sobre sí mismo puede proyectarlos hacia su familia y amigos, sintiendo una sensación de desesperanza total, en la que parece que ni el edredón lo abraza a uno cuando se mete en la cama por las noches.

Después de haber escrito este texto, estoy sonriendo aliviado. Este pensamiento llevaba tiempo rondándome por la cabeza y no había sido capaz de estructurarlo; ahora parece haber ocupado su sitio. Sigo sin tener muy claro cómo luchar ante mi realidad cotidiana llena de muerte, sufrimiento y enfermedad, pero cuando ahora pienso en ese chiste tan absurdo de Manu, que nunca me hizo demasiada gracia, parece que su significado ha cambiado. Ya no es una historia de humor del absurdo, sino que parece que encierra dentro la más pura filosofía de la importancia de disfrutar de la vida. Sí, sabéis qué chiste es. Es muy conocido. Es ése de que van dos por la calle y uno le dice al otro:

-Elige, elige, ¿susto o muerte?
-Ehhh… ehhh… ¡susto!
-¡¡¡BUH!!!
-¡Ay! ¡Qué susto!
-¡Ah! ¡Pues haber elegido muerte!

En la foto, Rocío y yo hablando de este tema hace unas noches. Compramos la cara pero deliciosa empanada del Horno de San Buenaventura, un par de cervezas del Salvador y nos las tomamos en uno de los modernos bancos de la Plaza del Pan. Ya sabemos que está prohibido comer ahí, pero esperamos que el Alcalde nos conceda una licencia para infringir esa ley, debido a lo trascendental de los temas que allí tratamos y en nuestro intento de disfrutar cada momento de la vida como si fuera el último.

La tarde del sábado, en la planta superior de un centro comercial, un bebé se pone a gatear en el suelo sin que su madre ni su abuela se den cuenta.

Cuidado con ese niño, que se va a caer -dije.

El niño sigue gateando rápidamente, sin parar, en dirección al ojo de patio del edificio.

Cuidado con ese niño, que se va a caer. ¡Cuidado con ese niño, que se va a caer!

El bebé no me escucha y se mete por debajo de la barandilla. Escasos centímetros lo separan de una caída de varios pisos. Salgo corriendo hacia él, mientras gatea paralelo al borde del suelo. Entonces, el niño apoya mal su mano derecha, pierde el equilibrio y se precipita al vacío. Escucho como comienza a gritar, pero he llegado a tiempo: he metido el brazo por debajo de la barandilla y he conseguido atrapar al niño en el aire; estoy cogiéndolo por el jersey.

El niño grita y patalea de terror. Yo estoy tirado en el suelo, en una posición incómoda en la que no controlo bien el brazo. Con tanto movimiento, el niño se me acaba soltando. Creo que se me va a caer, pero consigo atraparlo de nuevo en el último momento, con mi dedo meñique en forma de gancho.

Tras un par de giros imposibles de muñeca, consigo coger mejor al bebé e izarlo como puedo, hasta dejarlo de nuevo seguro sobre el suelo, junto a la madre y la abuela.

Sigue siendo sábado por la tarde y me acabo de despertar de la siesta. Mientras me hago un poco el remolón en la cama, pienso que el sueño podría haber durado algunos segundos más, lo justo para recibir un aplauso.