@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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El cambio se ha producido poco a poco, tan lentamente que no me he dado cuenta, como en ese viejo experimento en el que meten a una rana en agua tibia a la que van elevando la temperatura tan gradualmente que la rana no se da cuenta de que el agua hierve hasta que no es demasiado tarde.

Mi muro de Facebook ya no es lo que era. Echo de menos opiniones, críticas ingeniosas, ideas creativas. Sé que suena a discurso de abuelo: “en mi época todo era mejor”; pero cuando uno observa su muro, que está lleno de listas de 10 cosas que hacer (o 7 cosas que pensar o 20 lugares a los que viajar), de vídeos de mascotas domésticas americanas con comportamientos inverosímiles y, además, la poca opinión se remonta a requetecompartidos artículos de Pérez Reverte, se le viene el ánimo a los suelos.

Si eres de los que comparte este tipo de material, puede que te sientas ahora mismo ofendido. Si es así, me alegro de haber provocado algún tipo de reacción en ti. Y ahora que he captado tu atención, piensa: desde los cambios políticosocioeconómicos que estamos viviendo hasta la llegada de la primavera, que parece que este año en el Sur quiere adelantarse, ¿no tienes nada que opinar? ¿Tan poco vale tu voz?

Me resulta muy triste que por primera vez en la Historia, tengamos herramientas de comunicación tan potentes y que decidamos no utilizarlas para hablar tanto como podríamos.

En Berlín, los hospitales son silenciosos. En realidad, toda Alemania es silenciosa, pero los hospitales destacan por un silencio sobrecogedor, casi angustiante. Incluso los celadores bajando a los enfermos de las ambulancias lo hacen sin hacer ruido. Eso sí, al igual que en España, aparentando seguridad, uno se puede colar en un hospital para curiosear sin que nadie le pregunte a dónde va.

En Berlín, es difícil encontrar una red WiFi gratuita, mucho más que en otras ciudades de Europa. Pero lejos de ser esto un inconveniente, ha resultado ser muy liberador para poder desconectar (nunca mejor dicho).

En Berlín, ni el oeste parece tan rico ni el este parece tan pobre. Mucho tuve que patearme Berlín Este hasta encontrar un edificio de la época previa a la caída del Muro que aún estuviese sin restaurar. Eso sí, cuando lo hallé, pude meterme por sus patios interiores, por sus oscuras escaleras y sus pobres descansillos, paladeando cierto regusto a Historia Contemporánea que sé que cada vez será más difícil de encontrar.

En Berlín, la publicidad del tabaco es agresiva. En concreto, me impresionó un anuncio en una parada de autobús (¿está permitido eso en España?), que decía “¿Dejarlo o volver a dejarlo?”. Esta aparentemente inocente frase debilita los argumentos de los fumadores en fase contemplativa que se comienzan a plantear abandonar su hábito. Es una puñalada vil hacia una población diana muy concreta.

En Berlín, se puede tomar el sol en pelotas en el parque delante del Parlamento o de la residencia de la canciller sin que pase nada. Y aunque mi cuadriculada mente me hace ver esa actitud poco adecuada, nada me impidió imaginar la cara de nuestros José Luis y Sonsoles al despertar un día y mirar por la ventana de su dormitorio, descubriendo en la Moncloa a decenas de madrileños mostrando sin pudores la genitalidad nacional.

En Berlín, te puede morder un perro doméstico que nunca haya ido al veterinario. A mí en España nunca me había mordido un perro. Quizás aquí vayan más atados o haya sido simplemente mala suerte, sin más. Menudo hematoma en la pierna me traigo de recuerdo.

En Berlín, la palabra “Sommer” no debería ser traducida al español como “Verano”. Dejar la noche berlinesa en la que un jersey no está de más para entrar en los cuarenta grados de mi ciudad despoja de todo significado a Sommer.