@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Mi padrino sacó dos placas del bolsillo y las dejó en el escritorio de mi padre. Yo no llegaba al escritorio y pedí que me las enseñara.

-Pero no las toques, que son muy delicadas. ¿Las ves?
-¿Qué son?
-Cada una de ellas tiene un mega de RAM. Tu ordenador ya tiene dos megas. A partir de ahora tendrá cuatro megas.

Entre mi padre y mi padrino cogieron el ordenador, desmontaron la carcasa y, en unas ranuras escondidas entre los cables planos de conexión de discos, introdujeron las placas. El ordenador se volvió a encender y, en la mitad del tiempo que normalmente necesitaba para el arranque, apareció el característico símbolo que indicaba que estaba preparado para recibir órdenes.

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Siempre hace frío en diciembre cuando acaban los quirófanos de la tarde y entré en la tienda de informática del barrio encogido en mi viejo abrigo de pana marrón.

-Lo que me pides es esto, pero no las toques, que son muy delicadas.
-¿Son compatibles las de la marca Kingston con un ordenador Mac?
-Sí. Cada una de ellas tiene dos gigas de RAM. Tu ordenador ya tiene dos gigas. A partir de ahora tendrá cuatro gigas.

Yo solo cogí el ordenador, lo apoyé en el suelo y desatornillé la lengüeta estratégicamente escondida en la base de la pantalla y planificada para una posible ampliación de memoria. El ordenador se volvió a encender y, tras esperar el escaso tiempo que normalmente necesita para arrancar, fue capaz de ejecutar el doble de programas a la vez.

No será dentro de mucho tiempo cuando mi nuevo ordenador me informe de que he recibido un paquete en el buzón y leeré las instrucciones del paquete:

No toque las placas de RAM, pues son muy delicadas. (…) Cada una de ellas tiene dos teras de RAM, su ordenador ya tiene dos teras. A partir de ahora tendrá cuatro teras.

Tengo amigos estupendos, de veintimuchos años, que antes se fumaban un par de cigarrillos diarios, coincidiendo con los momentos de diversión, pero que ahora fuman un paquete diario, haciendo cualquier cosa por un cigarro.

Tengo amigos estupendos, de treintaypocos años, con los que tomaba cerveza cuando antes salíamos por ahí, y que ahora se beben cuatro cubatas entre semana porque tomarse sólo uno les sabe a poco.

Veo en la consulta todos los días a pacientes de cincuenta años, con manchas en el pulmón y tumores en la laringe; con cirrosis descompasadas y aliento que huele a alcohol; con mal estado de salud.

Me da miedo pensar que mis amigos y mis pacientes sean las mismas personas, en diferentes momentos de sus vidas. Por eso, suelo animar a mis amigos a dejar de fumar y a beber menos. Tengo muy poco éxito.

Me falta un eslabón en mi cadena; no sé que ocurre durante la década de los cuarenta años. Ojalá ese eslabón que me falta no sirva para unir a mis amigos con mis pacientes. Por favor, que no sea así.