@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Una de las cosas que he aprendido en el último año es que mi vida no es perfecta y que está bien que sea así.

No soy perfecto en el trabajo; intento ser lo mejor que puedo, pero no soy perfecto porque resulta que los médicos somos humanos. No tengo la mejor Tesis Doctoral de mi promoción; no está exenta de esfuerzo, pero dista mucho de ser perfecta. No soy el mejor entrenador Pokémon de España; soy bastante bueno, pero cuando voy ganando una competición nacional, va y me gana uno de Portugalete. No soy el mejor nieto, ni el mejor hijo, ni por supuesto el mejor novio.

Pero sí hay una cosa perfecta en mi vida: una cosa que se mire por donde se mire no admite crítica. Es el primer Arabesco de Debussy, si se puede decir que es mío; aunque lo he escuchado tantas veces que hay algo de él que me pertenece.

Me refiero a que la versión de mi disco es la perfecta; mi interpretación no lo es. Me he esforzado en tocarlo, durante cuatro años y, como otras cosas en mi vida, jamás me saldrá perfecto. Sólo a la mente de un genio se le puede ocurrir tocar tresillos con la mano derecha y corcheas simples con la izquierda y sólo un pianista bueno puede interpretarlo.

¡Pero yo no soy perfecto, ni tampoco tengo que demostrarlo ante nadie! Así que esta noche, como homenaje a mi imperfección, y para regodearme de ella, les dejo con mi mejor versión de una obra maestra. Con todos ustedes, el arabesco imperfecto.

Richard era más feo que picio. Su fealdad era llamativa desde el primer momento que uno lo miraba. Mientras lo veía devorar en mi sofá su grueso tomo de un escritor con nombre ruso durante las largas siestas de agosto, me preguntaba si no sufriría rechazo debido a su aspecto en su vida habitual.

Nunca me atreví a preguntárselo, pero deduje que debía ser así, dado que sus libros y sus tazas de té mientras escuchaba Radio Clásica parecían satisfacer toda su necesidad de ocio. No conoció a nadie mientras vivió conmigo.

La convivencia con él la recuerdo deliciosa. Richard podría servir para ilustrar en qué consiste la educación inglesa: desde la delicadeza al coger los cubiertos al comer hasta su esmero en la limpieza y el orden pasando por su corrección en la forma de ser y su dominio del arte de la conversación.

Conforme lo iba conociendo, cada vez me sentía más violento cuando lo primero que hacían mis visitas era comentar lo desagradable de su gesto, en un desenfadado ejercicio de superficialidad.

A Richard le gustaba oírme tocar el piano, pero no fue hasta el último día cuando me confesó que el sabía tocar también. Le pedí que así lo hiciera, que me encantaría escucharle, pero él se excusó diciendo que quería acabar el capítulo de su libro.

Unos minutos después, entré en la ducha. Fue entonces cuando lo escuché. Richard se había sentado al piano a interpretar a Shostakovich. Era una pieza difícil, pero de su interpretación, limpia, precisa, perfecta, se comprendía que él era profesional del instrumento y que había tocado muchas horas.

Cuando acabó mi ducha, Richard aún no había terminado su concierto, pero lo interrumpió bruscamente al escucharme entrar y metió la cabeza entre los hombros de forma tímida.

-Pero… ¿eso es Shostakovich? ¡Es una interpretación brillante! ¡Eres un pianista excepcional!
-Sí…-dijo tímidamente. Se podría decir que Shostakovich fue mi primer y único amor.

Audio: La pieza en cuestión: Concierto para piano número 1 en Do menor.