@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Capítulo VI

Hace un año, les contaba a ustedes que los laberintos de los oídos y los ojos estaban relacionados. Que, por ejemplo, cuando flexionamos la cabeza hacia el pecho, los ojos suben arriba para mantener la vista en lo que quiera que ustedes estén viendo. Pueden hacer el giro más complejo de cabeza que quieran, que los laberintos le enviarán la información oportuna a los ojos para que éstos sean capaces de mantener la mirada fija mediante complejas conexiones. Es un viejo reflejo. Se llama reflejo vestíbuloocular.

¿Y por qué les contaba yo esto? Pues porque es básico en mi tesis doctoral. ¿Y por qué se lo contaba hace un año? Bueno, porque he tenido un poco parada la tesis. ¿Y por qué se lo vuelvo a contar ahora? Porque he decidido retomarla. Cuando tengo la cabeza en Política, pues les hablo de Política; cuando tengo la cabeza en Medicina, pues les hablo de Medicina; cuando tengo la cabeza en Pokémon, pues les hablo de Pokémon y como ahora tengo la cabeza en la tesis, pues ustedes se fastidian, que yo les hablo de mi tesis. Es decir, si quieren.

La Otorrinolaringología tiene un clásico problema con esto de los laberintos. Hay enfermedades de los laberintos, vale, de acuerdo. Pero, ¿cómo estudiarlos? Los laberintos están en toda la mitad de la cabeza y cualquiera de sus abordajes resultaría muy destructivo y, por tanto, no es factible.

Así que echamos mano de nuestro amigo el reflejo vestíbuloocular. Si los laberintos están enfermos, el reflejo vestíbuloocular no andará muy fino, y por tanto los ojos no se moverán como deberían. Por tanto, estimulemos los laberintos y veamos cómo se mueven los ojos.

Existen muchas formas de estimular los laberintos, pero una de las más populares es echar agua fría y caliente por los conductos auditivos. Esto altera todo el sistema del equilibrio durante un rato y, como por arte de magia, los ojos comienzan a moverse. Es extraordinaria la cantidad de información que se puede obtener del funcionamiento de los oídos a través del movimiento de los ojos.

Sin embargo, esta prueba, llamada prueba calórica, tiene un par de pequeños defectillos. O grandes defectos, como ustedes prefieran verlos. El primero de ellos, es que es muy larga: se tarda media hora larga en realizar y eso no resulta especialmente eficiente. El segundo es que es incómoda para muchos pacientes e incómodísima para otros muchos.

Imagínense ustedes que les meten agua fría y caliente por los oídos y que, acto seguido, se comienzan a marear. Sienten que el mundo gira alrededor de ustedes y les dan ganas de devolver. No es especialmente agradable.

Y precisamente ése es el punto que originó mi tesis: ¿existe otra forma de realizar la prueba, más rápida y más cómoda, sacrificando la menor cantidad de información posible?

Capítulo V

Los laberintos dan lugar a multitud de juegos divertidos; para el que yo les propongo hoy, ni siquiera tendrán que levantarse de su silla.

Mientras están leyendo este párrafo, comiencen a girar su cabeza de izquierda a derecha, y después, de derecha a izquierda. Venga, no sean tímidos. Giren la cabeza diciendo no. Sigan leyendo y digan que no, cada vez más rápido. Más rápido. Más. No paren.

Si me han hecho caso, quizás comiencen a marearse. Para descansar un poco, dejen el no y pásense al sí. Arriba y abajo; arriba y abajo, mientras que no paran de leer este texto… …un poco más… …y ya lo dejamos.

Espero no haberlos mareado. Prometo no más movimientos de cabeza. Para cambiar, agarren la pantalla de su ordenador y muévanla cada vez más rápido de izquierda a derecha. Esto es más fácil si tienen un portátil, pero, si tienen demasiado apego a su ordenador, inténtenlo con un libro. ¿Consiguen seguirlo leyendo? ¿No? Prueben moviéndolo de arriba a abajo en lugar de de izquierda a derecha. ¿Tampoco? ¿Por qué pueden seguir leyendo cuando agitan la cabeza y no cuando agitan la pantalla? ¿Acaso los ojos no deben hacer el mismo movimiento en ambos casos?

Si leyeron el capítulo IV de esta serie, quizás recuerden que el equilibrio es algo complejo que depende de la vista, del oído y del tacto; sin embargo, no explicamos cuál es el papel del oído en esta compleja ensalada de sentidos.

El laberinto, la parte más posterior del oído interno, es el encargado de informar constantemente al cerebro de la posición y de los movimientos de la cabeza. El cerebro emite una serie de reflejos hacia el cuerpo y hacia los ojos. En nuestro caso, cuando movíamos la cabeza, los laberintos informaron de esta situación al cerebro, que dio las órdenes apropiadas a los ojos para que pudieran seguir fijando la mirada en el texto. Sin embargo, cuando lo que movíamos era el texto, el cerebro carecía de la información necesaria para prever hacia dónde dirigir los ojos para continuar leyendo.

El mecanismo que une el laberinto con los ojos se llama reflejo vestíbuloocular. El reflejo vestíbuloocular es estupendo. Funciona con los movimientos más complejos de la cabeza: giros, direcciones, aceleraciones, deceleraciones y cualquier forma que se les ocurra de poner a prueba sus cervicales.

La pérdida del reflejo vestibuloocular es, afortunadamente, un hecho muy raro, porque es altamente incapacitante. Por ejemplo, una persona que pierde este reflejo será incapaz de leer un libro a menos que lo haga con la cabeza completamente quieta. Tampoco podrá reconocer a las personas que van andando por la calle hasta que se detengan a hablar con él.

Recuerden que el laberinto y los movimientos del ojo están relacionados, porque lo necesitarán para el próximo capítulo de esta colección.