@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Incluso en los balcones de aquel barrio, en el que vivían los ciudadanos menos patrióticos de mi ciudad, colgaron banderas de España.

Aquella misma semana, laxantes y astringentes, antitusígenos y expectorantes dejaron de estar financiados por el Estado. Era verdad que muchos de ellos eran de efectividad dudosa y, que los que eran realmente efectivos, no iban a matar a nadie por dejar de ser administrados.

Padres pintaban a sus hijos banderas de España en la frente y las mejillas; novias a sus novios.

PSOE y PP luchaban por llegar a un acuerdo en política económica respecto a la compra de deuda soberana por el Banco Central Europeo. Algo tenía que estar ocurriendo cuando un partido que dice tirar a la izquierda y otro que dice tirar a la derecha debían aceptar medidas comunes en algo en lo que deberían estar, por su propia ideología, en desacuerdo, como es la Economía.

Grupos de amigos planificaban sus quedadas para ver los partidos; unos compraban la cerveza, otros traerían la comida.

Una treintena de locos se refugió en la Catedral de la Almudena, tras haber sido deshauciados de sus viviendas, reclamando la comparecencia del Defensor del Pueblo. Los locos fueron adecuadamente reducidos por la Policía, puestos de rodillas contra la pared, dentro de la Catedral, sin defensa ni Defensor.

Las calles se llenaban de españoles tras cada victoria; muchos más que los que se reunían para las iniciativas ciudadanas de protesta.

La primera noticia del Telediario solía versar sobre la Selección. Yo siempre pensé que habría tres tipos de periodistas. Los primeros, los que sabían que no estaban informando acerca de lo realmente importante y se resignaban. Los segundos, los paternalistas que pensaban que los españoles nos merecíamos una tregua de buenas noticias en medio del huracán. Los terceros eran simplemente tontos.

La mayoría de España se sentía alegre aquella semana.