@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Como muchos sabéis, desde hace dos años formo parte de la empresa de Telemedicina Primum Health I.T., formada por un grupo de sevillanos que nos dedicamos a diseñar tecnología para monitorizar a enfermos crónicos en su domicilio.

Mi papel en la empresa es de asesor: doy mi opinión acerca de los aspectos médicos de nuestro producto. Sin embargo, hace un par de semanas, David, nuestro jefe, me ordenó algo que nunca en la vida había creído que iba a hacer.

-Quiero que vayas a Valencia a un evento de inversión. Y que hagas ver a los inversores por qué merece la pena apostar por nuestro producto.

Ni corto ni perezoso, me planté en Valencia el pasado miércoles con dicho objetivo. El evento de inversores sería el cierre del simposio EmTech España. Para celebrarlo, nos concentraron a una veintena de jóvenes venidos de todo el país en la planta más alta del Palau Reina Sofía de la ciudad de las Artes y las Ciencias. Allí estábamos los veinte, con una edad que rondaba los treinta años, dispuestos a presentar nuestros variados negocios a variopintos inversores.

En ese momento, ¡Ring! sonó un timbre, que indicaba que todo había comenzado y que debía dirigirme velozmente a la mesa número 4, en la que me esperaba un presunto inversor. Tenía cinco minutos para explicarle al inversor en qué consistía mi negocio y las ventajas de invertir en él. Cinco minutos no es demasiado tiempo, pero lo conseguí hacer (bien es verdad que llevaba varios días ensayando para explicarlo todo en sólo tres minutos, dejando el resto para que el inversor me hiciera preguntas).

¡Y qué preguntas! Los inversores intentaban cuestionar el modelo de negocio, aunque siempre supe qué responderles (otra cosa, claro está, es que mis respuestas les convencieran, claro). Entonces, ¡ring!, sonaba de nuevo el timbre. En ese momento debía interrumpir la conversación, despedirme y dirigirme al siguiente inversor que me esperaba en otra mesa.

Y así durante hora y media, en la que se fueron sucediendo decenas de posibles inversores, y allí estaba yo, explicando con orgullo mi empresa, a veces en inglés y a veces en español.

En un terrible juego de palabras, Jardiel Poncela escribía en una de sus novelas:

-¿El asunto tiene tesis?
-No, pero el protagonista tiene tisis.

Y yo ni tengo tesis ni tengo tisis. Pero la quiero. La tesis digo, no la tisis.

Siempre la he querido. ¿Por qué? se preguntarán ustedes. Bueno, quizás por saber que tras mi paso por la Universidad conseguí aportar un granito de arena más a la ciencia. O tal vez sea sólo por amor propio, quién sabe.

En cualquier caso, el mundo de la tesis es complejo. Para empezar, es necesario estudiar mucho y no sólo saber lo que dicen los libros, sino mantenerse actualizado y a la última, porque no hay nada peor que comenzar un tema desfasado. En teoría, la tesis debe ser algo nuevo.

-Tienes que acabar la tesis durante la residencia -me han dicho más de dos y tres veces.
-Pero en los primeros cuatro años de una disciplina es difícil localizar cuáles son los temas que se deben desarrollar -me defiendo.
-Sí, pero la tesis es algo muy conveniente. Tanto para tu currículum profesional como para el docente.

Internamente creo que tener la tesis antes de los treinta años es precoz. Pero aunque opino que la tesis de un especialista joven supone menos amplitud de miras que la tesis de alguien con más experiencia, una vez me dijeron algo que me convenció para seguir adelante:

-Haces la tesis para ser doctor. Eres doctor para seguir investigando. En ese sentido, tu tesis debe ser tu primera investigación y, por tanto, la peor de todas.

Así pues, yo comencé mi tesis durante el primer año de residencia. El tema era interesante: estudio de las reclamaciones interpuestas a servicios de Otorrinolaringología. No había mucho sobre el tema, así que me formé, conseguí la escasa bibliografía disponible y escribí mi tesina, que es algo así como un estudio previo a la tesis. Y en ella, tras varios estudios descriptivos y alguna que otra inferencia, acabé concluyendo que las reclamaciones están influidas por un número tan alto de condicionantes externos, que su análisis diacrónico carece de interés y, por otro lado, que la variedad de motivos objeto de reclamación es tan variada, que las muestras de cada servicio no tienen un tamaño muestral suficiente para permitir comparaciones sincrónicas.

En otras palabras, que era mejor no seguir investigando en el tema. Fui humilde y me quedé con una tesina, pero sin tema de tesis. ¿Cómo iba a seguir trabajando en una materia cuyo estudio preliminar me advertía de su dudosa utilidad?

Entonces llegó todo el boom del dospuntocerismo en sanidad y, con él, los intereses comerciales asociados. Se desarrollaba de un día para otro una amplia oferta de formas y usos sanitarios que se aplicarían sin estudios previos de seguridad a la práctica habitual. Un campo emergente lleno de posibilidades de estudio y en el que me apliqué para conocer qué se estaba haciendo en Otorrinolaringología y Teleasistencia.

Leí más de doscientos artículos: algunos ingeniosos, otros temerarios, e incluso redacté una propuesta para estudiar la seguridad de métodos de Telemedicina con pacientes quirúrgicos. Pero pronto comprendí que Internet se trata de un terreno con una evolución tan trepidante que mi segundo posible tema de tesis quedaría desfasado en meses. Sobre todo porque el perfil del usuario de nuevas tecnologías en este momento no tendrá nada que ver con el usuario de dentro de unos años. Ni siquiera con el usuario de dentro de unos meses.

Por tanto, ahí estuve, húerfano de tesis por segunda vez. Hasta que hace tres semanas me enfrenté a una tercera posibilidad, que es la que estoy estudiando en este momento y que quizás llegue a buen puerto. Os mantendré informados.

En la facultad, me enseñaron la importancia de ver, oír y tocar a los pacientes, que ofrece dos ventajas. La primera es que la exploración física permite sacar muchos datos de la enfermedad y la segunda es que el paciente se siente reconfortado al ver a un médico.

Los profesores que me enseñaron esto pondrían el grito en el cielo si les contara las prácticas que están llevando a cabo algunos otorrinos en regiones como Alaska o Australia.

Alaska y Australia son lugares del primer mundo con una baja densidad de población en los que la visita presencial al médico puede suponer costosos y difíciles desplazamientos debido a la distancia y a las condiciones climáticas. Es el marco perfecto para el desarrollo de modelos de relación médico-paciente a través de internet.

Varias publicaciones han señalado las ventajas que supone el modelo telemédico, que son comodidad para todas las partes, seguridad en el proceso diagnóstico y terapéutico (entendida como tasa de errores comparando con una consulta presencial) e importantes reducciones de costes directos e indirectos.

El funcionamiento es el siguiente: quiero ver a mi otorrino, que está a cientos de kilómetros. Como el desplazamiento es difícil, el otorrino me hace las preguntas pertinentes por internet o se pone en contacto con mi médico o enfermero de atención primaria para que me las haga. Del mismo modo, si está indicada alguna exploración, el otorrino dice al médico o al enfermero más cercano cómo hacérmelas y, si necesita alguna foto, mi médico o enfermero las hace y se las envía en el momento. Entonces el otorrino pide los estudios complementarios que crea necesarios y estudia los resultados sin aún haberme visto la cara. Me pone tratamiento y, si considera que debo operarme, nos conoceremos en el propio quirófano, el día de la intervención.

A los médicos defensores de la exploración presencial y partidarios de la consulta cara a cara, entre los cuales por ahora me incluyo, nos cuesta trabajo aceptar este nuevo método. Argumentamos, recordando los preceptos aprendidos en la Universidad, que la exploración presencial es más efectiva y que, además, el paciente busca el contacto personal, que aporta consuelo espiritual.

Pero cuando leemos estudios en los cuales se demuestra estadísticamente que la medicina a distancia es igual de segura que la presencial y comprobamos cómo cada día hay más pacientes que intentan cuidar su salud a través de internet de forma independiente del médico, los dos argumentos anteriores se desmoronan.

Y, en esos momentos, los que creemos que el modelo actual dista aún mucho de la perfección, nos planteamos la veracidad de las lecciones aprendidas en las clases cuando teníamos veintipocos años de edad.

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