@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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La tarde en la que acabé de redactar mi Tesis Doctoral, el pasillo de mi piso estaba frío y oscuro, llegué al estudio y me acurruqué en mis viejos vaqueros junto al radiador encendido a toda potencia. Necesitaba afeitarme urgentemente.

Pensando en lo que había aprendido en estos tres años, me di cuenta de que no había sido tanto. No sonó música de Respighi en mi cabeza. “Sonará el día que la lea -pensé”. Desde luego, había cumplido mi firme propósito de no aprenderme las reglas de Vancouver.

Aquella tarde, no me apeteció tomar té ni cerveza de un botellín. Habría tomado una copa de vino, pero no me gusta beber si estoy solo en casa. Miré por la ventana del dormitorio pensando en lo mismo que en verano de 2012.

Bueno, exactamente en lo mismo no. Entonces me di cuenta de lo que había aprendido. No tenía nada que ver con la Medicina.

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Todos nos encontramos en esa pequeña sala, todos los vivos, todos los que ya murieron y todos los que aún tienen que nacer, a los que llaman nascituri.

La sala es pequeña, pero nadie se pregunta cómo nos las apañamos para caber allí; esto ocurrirá en el futuro y, en el futuro, nuevos adelantos habrán sido descubiertos que permitirán esta y cosas aún más raras para los ojos de los que somos habitantes del siglo XXI.

El momento que todos esperan se producirá en breve. Nos explican que los sujetos tendremos que agruparnos en parejas: cada miembro de la pareja liberará al otro miembro de su existencia en el tiempo; esto sólo se puede hacer de dos en dos. Con este ritual, cada humano dejará de experimentar su existencia en el tiempo de forma lineal y comenzará a percibir su vida como un todo, en el que nacimiento, vida y muerte suceden a la vez, para siempre, si es que siempre es un término que se pueda utilizar cuando ya no se sabe lo que es el tiempo.

Las parejas comienzan a formarse rápido, ya no queda nadie libre cercano a mí. Empiezo a moverme desesperado, buscando a alguien desparejado en un laberinto de inmóviles parejas humanas que ya se han escapado del tiempo.

El sueño se transforma en pesadilla cuando comprendo algo de en lo que nadie había reparado antes: la suma de vivos, muertos y nascituri es impar; por tanto, forzosamente, tendrá que existir un humano que quedará desparejado y, consecuentemente, anclado a su existencia temporal sin ninguna posibilidad de escapar de ella.

No se puede explicar con palabras la angustia que siento en esos primeros segundos de saber que soy el último humano en el tiempo, atrapado allí solo para la eternidad con la única compañía del extraño dibujo de las paredes de la sala. Afortunadamente, siempre soy capaz de despertarme por las mañanas en mi cama y abandonar ese extraño futuro.

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El pasado jueves estuve escuchando una conferencia para jóvenes emprendedores de la mano de José Luis Manzanares, presidente de la empresa sevillana e internacional Ayesa. Me pareció una arenga muy buena para los jóvenes que luchamos cada día por nuestros proyectos, animándonos a seguir adelante y advirtiéndonos de los errores en los que fácilmente podíamos caer por nuestra inexperiencia.

Sin embargo, hubo una parte de su discurso que me dejó muy pensativo. Manzanares dijo que en la sociedad actual se había exagerado la importancia del ocio en la vida personal. Que trabajar para ganar un dinero para después poder invertirlo en ocio era una visión equivocada de la vida.

Yo, tal vez al igual que vosotros, fui educado bajo el viejo refrán “Hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar”. Me lo repitieron los mayores, en la escuela y fuera de ella. Pero, ¿y si fuera falso?

Por ejemplo: ahora yo soy médico autónomo. Eso me otorga cierta flexibilidad de horarios y capacidad de organizar mi trabajo. Yo decido cuánto y cómo. Curiosamente, eso ha implicado que dedique muchas horas a mi trabajo de médico, más de las que estaba acostumbrado a echar cuando trabajaba en la Sanidad Pública. Prácticamente, ahora vivo para trabajar. Eso no me hace más feliz pero, curiosamente, ¡más infeliz tampoco! Y me hace sentir realizado porque, al ser yo mi propio jefe, me permite desarrollar algunas de mis expectativas vitales.

Por otra parte, el enfoque contrario, trabajar para vivir, no parece demasiado bueno para la salud de la economía. Parece que esta visión convierte el trabajo en una obligación, en una pesada carga cruelmente impuesta para poder hacer lo que realmente importa en la vida, que es cultivar la vida fuera del trabajo: familia y casa; juegos y aficiones.

¿Cuál debe ser el enfoque correcto? ¿Es realmente buena esa idea que nos inculcaron en nuestra infancia en la que nos vendían que había que ponderar nuestra vida personal por encima de la profesional? ¿O se trata de una estratagema interesada de “los que están arriba” para mentalizarnos de que debemos ser más productivos, más competitivos en el mercado global, sacrificando lo realmente valioso? ¿Nacimos para trabajar o para descansar del trabajo?

Prometo seguir pensando en este tema.

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