@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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La primera vez que me ocurrió tenía 10 años. Era un viernes de primavera a mediodía y se había roto la cerradura de la puerta de casa. Mi madre, que de repente se vio con su familia en la calle a la hora de comer, tomó la decisión de ir a almorzar al VIPS.

Yo, que conocía el VIPS de los fines de semana, aquel en el que las familias jóvenes llevaban a sus hijos a comer comida con patatas fritas, quedé horrorizado al comprobar cómo era ese restaurante un viernes a mediodía. No había familias; las mesas dobles estaban separadas para que muchos señores, todos de chaqueta y corbata, almorzaran solos mientras leían el ABC. Aquella estampa me conmocionó; siempre me quedaré con el deseo oculto de preguntarle a toda aquella gente por qué comían solos un viernes, si es que no tenían familia o lo que no tenían era tiempo para verla.

Desde entonces, no puedo evitar sentirme muy triste cuando veo a gente sentada sola en el VIPS. Lo cual es muy idiota. En primer lugar, porque al menos una vez al mes, yo mismo me veo obligado a parar solo en un VIPS a tomar algo y, al menos hasta donde mi yo consciente alcanza a ver, no siento pena de mí mismo. En segundo lugar, porque es ridículo sentir pena por gente que puede permitirse sentarse a almorzar en una cafetería, cuando el hambre en el mundo es una realidad mucho más común y que soy perfectamente capaz de ignorar la mayor parte del tiempo.

Pero, en fin, hace tiempo aprendí que uno no puede elegir siempre los motivos por los que sentirse triste. Así que cuando me siento solo en el VIPS, siempre estudio de forma sigilosa quién está ocupando las mesas individuales. En ocasiones, he observado historias que me han desgarrado el alma, como la del hombre que pidió unas tortitas con nata y fue incapaz de comérselas. Esa aún es capaz de hacerme saltar las lágrimas.

Aunque, para ser justos, las mesas individuales están ocupadas la mayoría de las veces por gente que parece que quiere pasar de puntillas por la vida (y por ese almuerzo), así que yo, con mi chaqueta y corbata, saco mi móvil y me refugio en Twitter o en la versión digital de Expansión, habiéndome convertido en uno de esos señores que vi cuando tenía diez años.

Hace unos días, la experiencia se intensificó cuando creí conocer a uno de los señores que se sentaba en una de las mesas, pero estaba lejos y no sabía de qué. Pronto desistí en mi tarea de identificar a una persona que bebía sola y a sorbitos una Coca-Cola. Entonces escuché un comentario que provenía de la mesa situada a mi espalda:

-Mira, ahí está sentado fulanito, solo, el imputado en tal caso de corrupción.

Acostumbrado a verlo en los periódicos, no lo había reconocido a simple vista. Era más o menos de mi altura; es decir, tirando a bajito y parecía muy indefenso ante la vida. El imputado en cuestión pagó su refresco y salió del local sin que nadie más lo reconociera. En ese momento, sentí no solo pena, sino también cierta compasión. Al fin y al cabo, imputado no quiere decir culpable y ¿qué decisiones había tenido que tomar esa persona a lo largo de su vida para tener que dar cuentas a la Justicia y, a la vez, tomarse una CocaCola solo en una de las malditas mesas individuales de un VIPS?

-Podría haber sido aún más triste -dijo la persona que hablaba detrás de mí, como si hubiera quedado empapada por la tristeza que en aquel momento manaba de mi cuerpo. Podría ser que la CocaCola fuera light.

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España camina diariamente por el Pantano de la Tristeza, como hicieron Atreyu y su caballito en La Historia Interminable.

Hace unos meses, sentí que empezaba a hundirme en el lodo, que ya no podía mover las rodillas, así que pedí la ayuda de mis amigos, que para eso están, para hacer juntos el camino, los días de sol y cuando se nubla.

Pero en nuestra lucha para sacarme del fango, me di cuenta de que ellos también luchan para mantenerse a flote. La tristeza invade a mis amigos, a muchos, a demasiados de ellos. La tristeza invade a una España que lucha por no hundirse en el pantano. Sacamos a los que podemos del fango, mientras vemos como otros se hunden irremediablemente.

Si nos paramos un poco a pensarlo, es lógico que nos encontremos así. La primera vez que escuché hablar de la crisis fue mi primer día de trabajo. El gobierno de Zapatero, por aquel entonces, ni siquiera reconocía el problema incipiente. Entonces tenía 24 años, ahora tengo 30. Con esto quiero decir que, durante la cuarta parte de mi vida y durante toda mi vida laboral, he sido bombardeado con mensajes de desesperanza, diariamente. ¿Qué precio estamos pagando por soportar cada día esta situación?

Yo no sé demasiado de Psicología, pero estoy seguro de que eso a mi generación ha tenido que influirle de algún modo. Conozco a muy pocos de mi edad que se encuentren satisfechos con su trabajo y a ninguno que no le tenga miedo al futuro. La prudencia y la austeridad se vuelven obligatorias; la esperanza, que es la última que te abandona, a veces se va de vacaciones.

España lucha diariamente por flotar en el Pantano de la Tristeza. Deberíamos sentirnos orgullosos, a pesar de todo.