@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Los que me conocen saben que no soy una persona caprichosa. Por eso, algunos de mis compañeros de viaje se sorprendieron de que me hubiese ido de Estambul sin haber caído en la tentación de comprarme algo.

Sin embargo, yo ya llevaba al viaje una idea desde casa: quería traerme un kilim para decorar mi dormitorio. Por eso, esperé pacientemente a que llegara esa visita a la tienda de alfombras en la que tarde o temprano te embaucan durante un viaje organizado a Turquía. Incluso había diseñado una estrategia para seguir en la tienda.

Como en Turquía es costumbre regatear con los turistas, quería fingir no estar interesado en comprar nada, mirar como el que no quiere la cosa los kilims de la tienda, preguntar desinteresadamente cuánto costaban, hacer como que me iba y esperar a que el vendedor viniera detrás de mí a hacerme una oferta mejor. No es que fuera una estrategia brillante, pero mis compañeros de viaje habían conseguido con ella precios más que interesantes.

Lamentablemente, no funcionó.

-Mira, Emilio, aquí venden kilims, ¿tú no tenías muchas ganas llevarte uno a casa?
-Bueno, no sé, muchas ganas no,…
-Sí, sí que las tenías, que nos lo dijiste en Estambul, venga cómprate uno, no seas tan agarrado. ¿Para qué quieres el dinero?
-No sé, es que estos kilims no me gustan mucho,…

Era una mentira; de reojo había visto un kilim que me había encantado.

-Sí, venga, elige uno que sea bonito y cómpratelo; vamos a buscar a un vendedor.

Los vendedores ya se habían dado cuenta hace tiempo de mis intenciones, vinieron varios a mí y mi plan de conseguir un buen precio se frustró completamente.

Después de cuatro días explotando al máximo Estambul por nuestra cuenta, llegó la hora de incorporarnos a un viaje organizado que se llamaba “Delicias de Turquía”. A mí este tipo de viajes no me gusta demasiado, pero reconozco que esta opción me parecía más fácil a simple vista para moverme por un país como Turquía.

Antes de conocer al resto del grupo de turistas con los que íbamos a viajar, acordamos entre nosotros que no mantendríamos conversaciones de medicina delante de los demás, para que no se dijera que los médicos siempre estamos con lo mismo. Se trataba de un ejercicio de autocensura que tendría que durar cuatro días.

Nuestro propósito apenas duró cinco minutos: en la cola de facturación del aeropuerto ya el resto del grupo nos llamaba “los ocho médicos”. El guía incluso preguntó si alguno de nosotros era otorrino, y por primera vez en mi vida, crucé el escáner de una zona de embarque a la vez que pasaba consulta.

Volviendo al viaje, el primer destino que visitamos fue la Capadocia. A mí me pareció bonita, pero me habría parecido más interesante pasar más días en Estambul. Como dijo una pareja que viajaba con nosotros en el viaje:

-Sí, no está mal, pero esto de la Capadocia me recuerda un poco al Torcal de Antequera.

Y tenían razón, solo que esto quedaba un poco más lejos.

Todas las guías de Estambul recomiendan evitar los barquitos privados que te llevan por el Bósforo y por el Cuerno de Oro, argumentando que pueden ser muy peligrosos.

Como éramos un grupo grande, aquel día llegamos tarde al puerto de Estambul y perdimos el último crucero que salía del muelle principal. Entonces se nos acercó un turco y nos ofreció su barco privado.

Yo soy bastante desconfiado cuando estoy en el extranjero y no me gustó mucho la idea, pero al resto de mis compañeros les encantó, por lo que negociamos un viaje por todo el Cuerno de Oro de dos horas y pico de duración a un precio bastante más económico que el del barco oficial.

Menos mal que nadie se fio de mis prejuicios y contratamos el barco privado; porque si por mí hubiera sido, me habría perdido el crucero más bonito de mi vida. Así, este turco nos llevó hasta el escondido y solitario muelle número 6 y nos metió en el diminuto barco de un divertido jubilado que decía llamarse Alí Babá y que chapurreaba el inglés, el francés, el alemán, el español y el árabe.

Alí Babá nos llevó hasta el final del Cuerno, al cementerio de Eyüp y el café de Pierre Lotti. Durante el viaje se puso el sol y comprobamos por qué al Cuerno le llaman “de Oro”.

Tras el viaje, lo único que nos pidió fue que si habíamos quedado contentos con su servicio, que diéramos en España buenas referencias de él. Como así fue, os digo que a Alí Babá lo podéis encontrar en el muelle número 6, cerca del puente Galata.

 

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