@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Creo que da un poco igual que los sanitarios nos quejemos porque sea antiético y antideontológico dejar sin cobertura sanitaria a los inmigrantes indocumentados: los que han tomado esta decisión ya eran conscientes de esto antes de tomarla y lo han hecho a pesar de ello. No parece importarles demasiado, así que poco se va a conseguir por protestar por este camino. No les valen los argumentos éticos.

Así que yo les propongo convencerlos a través de otro tipo de argumentos: los económicos. Claro, que yo no sé mucho de economía. De lo que yo sé es de Otorrinolaringología, y ni siquiera en eso soy demasiado bueno. Pero he conocido lo suficiente como para proponerles un par de ejemplos para que vean que el tema del ahorro a través de los recortes sanitarios no es tan simple como ustedes pudieron suponer en un primer momento.


Nuestro primer inmigrante indocumentado seguramente ya exista en nuestro país por simple probabilidad, y en estos momentos le está supurando el oído. Hay muchas personas a las que les supura el oído y normalmente esto se debe a patología banal, pero nuestro primer inmigrante tiene la mala suerte de tener un colesteatoma. Claro, que él no lo sabe y, como no tiene médico, no se le puede diagnosticar.

No le duele mucho. Simplemente le supura. Es una supuración que huele un poco mal; él lo soluciona poniéndose un algodón en el oído. No le da demasiada importancia. No es demasiado sintomático.

Un día, se lo encuentran en coma. Sus familiares lo llevan a Urgencias, porque los españoles somos tan buenos que le permitimos la atención en Urgencias. Allí se le diagnostica un absceso cerebral. Alguien avispado se da cuenta de que el motivo del absceso es un colesteatoma que ha estado creciendo durante años hasta llegar al cerebro y causar una infección.

Si el inmigrante hubiese tenido acceso al Sistema Sanitario, se le habría intervenido del colesteatoma. Como no lo tiene, ahora tendremos que curarle. Eso no sólo incluye la cirugía del colesteatoma, sino un ingreso hospitalario prolongado, y una posible cirugía cerebral. Es decir, a la larga, lo barato sale caro.

Pero todo es aún más complejo. El paciente necesitará numerosas curas del oído intervenido durante meses. Esas curas se pueden hacer en régimen ambulatorio, en consultas externas. Pero, ¡oh!, el paciente no tiene acceso a consultas externas. Quizás entonces habrá que alargar su ingreso hospitalario durante más tiempo del que necesitaría un paciente normal, para poder realizarle las curas allí. Lo que es mucho más caro.


El segundo paciente es fumador y lleva ronco un mes. Sí, lo habéis adivinado, es un cáncer de laringe. Siempre pongo el mismo ejemplo. Me repito mucho.

Cualquier médico de Atención Primaria sabe que una ronquera de más de un mes de evolución tiene que verla un otorrino de forma preferente. Pero nuestro segundo paciente, como el primero, también es inmigrante indocumentado, no tiene médico de Atención Primaria y la ronquera no le resulta demasiado invalidante para hacer su vida de todos los días.

Cada día anda más ronco, eso sí. Un día, comienza a asfixiarse y va a Urgencias, porque tiene acceso a Urgencias, no lo olvidemos y realmente se ha puesto muy malo. Avisan al otorrino de guardia y resulta que ese pequeño cáncer de laringe ha ido creciendo hasta ocupar casi la totalidad de la vía aérea. La cañería de la respiración está obstruída, el paciente se va a asfixiar, el agobio en el personal de Urgencias crece y alguien propone una traqueotomía.

Una traqueotomía suele requerir un postoperatorio más largo que la resección de un pequeño cáncer de laringe. Es decir, por ahora el paciente nos ha salido más caro.

Sin embargo, este ejemplo es más favorable para los políticos, porque, en el caso de que el paciente requiera quimiorradioterapia, al final será más caro para el Sistema que no hacer nada. Es decir, es posible que se ahorre en este paciente si no le hacemos nada más que una traqueotomía urgente. Simplemente dejemos que su cáncer siga creciendo hasta que acabe con su vida, sin hacer nada por impedirlo. Así ahorraremos dinero, seguro. Pero yo me planteo, señores políticos, si ustedes han llegado a imaginar esta situación, con la dignidad que nos otorgaba a los españoles tener un sistema sanitario para todos, con este cambio, ¿no les duele el corazón?

A mí sí. Será que no valgo para político.

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Sistematizar la forma de hacer las cosas en la vida real ayuda a prevenir olvidos. Si uno se acostumbra a sacar la basura después de cenar, nunca se acumulará hasta el día siguiente. Si uno siempre pone la lavadora a la misma hora, sabrá a qué hora se ha terminado y no se olvidará de tenderla.

En Medicina pasa lo mismo; hay que sistematizar tareas. Hay que saber que, por ejemplo, cuando un paciente consulta por un determinado síntoma, hay que explicarle A, B y C y hacer uno, dos y tres. Me gusta ser ordenado y crear mis propias sistemáticas porque, por ejemplo, si le explico C, hago dos, le explico A y hago uno y tres, es posible que se me olvide explicarle B.

A veces te llaman a las tantas de la mañana porque a alguien le sangra la nariz y tienes que ponerle un tapón para que deje de sangrar. Aunque uno intenta estar lo más lúcido posible, es difícil explicar las cosas a las cuatro de la mañana con la misma claridad que a las cuatro de la tarde. Consciente de ese problema, hace tres años decidí crear “La canción del tapón”.

A ver, “La canción del tapón” no es una canción: no hay música. Es más bien un poema sin rima. Un texto que memoricé para que a las cuatro de la mañana no se me olvidara nada que decirle a un paciente. Con el paso de los años, la he ido perfeccionando, añadiendo las cosas en las que los pacientes suelen dudar más y obviando las cosas difíciles que les van a servir para poco. Incluso las pausas están estudiadas; esos momentos en los que me quedo callado para ver si el paciente está comprendiendo lo que le estoy explicando o no.

Después de tres años de continua edición, os dejo con la versión actual.

La canción del tapón

Bueno, usted sabe
que los médicos le ponemos
nombre raros a las cosas.
Sangrar por la nariz
se llama epístaxis.
Usted ha tenido una epístaxis.

La epístaxis es
una enfermedad muy traicionera
y su tratamiento es
ponerle un tapón en la nariz.
Bien, aunque le hubiera taponado
el mejor otorrino del mundo,
si su nariz decide volver a sangrar,
pese al tapón, volverá a sangrar,
porque es una enfermedad muy traicionera.

Ahora lleva usted un tapón.
Le van a pasar cosas raras
llevando el tapón.
Y yo se las voy a explicar
para que no asuste.

El esparadrapo que le he puesto en la nariz
se le volverá de color rojo o negro.
Eso es normal.

También es normal que, dentro de un rato,
cuando salga a la calle,
escupa un coágulo negro,
como una sanguijuela.
Si sólo es un coágulo, no se preocupe,
que eso también es normal.

Y también es normal, fíjese lo que le digo,
que llore sangre por el ojo del lado taponado.
Si eso pasa, se compra suerecito en la Farmacia
y se echa unas gotas.
Que la sangre irrita mucho el ojo.

Y esto seguro que le va a pasar.
Y le va a asustar.
Mire, la nariz está siempre produciendo mocos.
Lo que pasa es que uno respira y, claro,
con el aire, esos mocos se secan.

Pero usted esta taponado,
y por ese lado no respira.
Así que el moco va a empaparle el tapón.
Cuando el tapón esté empapado,
el moco le va a chorrear.

Al chorrear, arrastrará los restos de sangre
que aún tiene en la nariz.
Le saldrá como una especie de líquido rojo.
No se asuste. Eso es normal.

¿Y cómo sabe usted que son mocos teñidos
y que no ha vuelto a sangrar? Fácil.
Cuando usted se toque ese líquido rojo
que chorrea del tapón,
con un pañuelo blanco,
verá que ese líquido es de color
vino con gaseosa.
La sangre es más oscura:
la sangre es de color vino tinto.

Pues todas esas cosas le pueden pasar
y todas esas cosas son normales.

Pero hay dos cosas que no son normales.

La primera es que vuelva a sangrar:
ya sabe, que empiece a caerle líquido por el tapón
y de color oscuro: vino tinto.
Eso no son mocos. Eso es sangre.

La segunda es que trague sangre.
Pero no un coágulo negro,
sino sangre roja, caliente.

Si le pasa cualquiera de las dos cosas,
eche la cabeza hacia delante.
¡No eche la cabeza p’atrás!
¡Que se traga la sangre
y la sangre sienta “mu’ malamente” al estómago!
La sangre para fuera.

Bueno, pues se echa usted p’alante.
Con dos dedos, se aprieta la nariz fuerte;
que le moleste un poco el apretón.
Y se pasa así cinco minutos.
Pero cinco minutos de verdad,
mirando el reloj.

Si así no se corta,
se vuelve usted al hospital.
Ya veremos qué hacemos.

Pero no es frecuente volver a sangrar.
Si todo va bien,
que es lo que suele suceder,
le quitamos el tapón dentro de dos días.

Yo creo que se lo he dicho todo.
¿Hay algo que quiera preguntarme?

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Tengo muchos amigos en mi hospital. O, al menos, eso me dice Facebook, entienda lo que entienda esta página web por amigos.

El caso es que el pasado fin de semana comencé a ver que en los muros de muchos de estos amigos se estaba haciendo popular una aplicación. El nombre de la misma me resultó increíblemente tentador y no me pude resistir a instalarla: “La puerta del Morato“.

Para quienes no lo sepan, tengo que aclararles que “El Morato” es como se conoce popularmente mi hospital y, cuando se habla de “La Puerta”, nos referimos al área de Urgencias.

Al igual que a Pandora, la curiosidad me pudo e instalé la aplicación para ver qué había en su interior.

Era muy simple, pero interesante. Incluso me reí un par de veces. Al ejecutarla, apareció en mi pantalla una ventana emergente en la que estaba escrita una frase típica de cualquier guardia; bastantes de estas frases uno las ha dicho en más de una ocasión.

Cuando iba a cerrar este sencillo juego, me llamó la atención que éste te daba la oportunidad de añadir frases propias a la colección. Fui observando como a lo largo del fin de semana, iban apareciendo frases nuevas en el repertorio.

Pero no sólo aumentó el número de frases, sino la intensidad de las mismas. Críticas sutiles, ataques contra todos los colectivos profesionales y caricaturizaciones de pacientes hicieron aparición. Y, en cierto modo, era lógico que fuera así, dado que dejar una frase para que entre dentro del conjunto de las mismas es anónimo.

Lo sucedido me hace plantearme tres preguntas, que son las siguientes:

1) El acceso a la aplicación es libre; ¿está bien que las críticas de una empresa hechas por los propios trabajadores estén disponibles para el público general? ¿Qué efecto tiene esto cuando ese público son enfermos que no aceptan que el sistema sanitario tiene imperfecciones?

2) En el caso de que se nombrara un responsable de reputación digital del servicio para tratar este tipo de situaciones, ¿qué actitud tendría que tomar de cara a los trabajadores y de cara a los pacientes? No olviden que detener la aplicación queda por encima de sus posibilidades. Y al ser una aplicación anónima, las represalias tampoco son posibles.

3) Si la aplicación fuera utilizada para verter calumnias sobre el servicio, ¿existiría una manera de detenerla?

Yo les animo a que se planteen estas preguntas porque, si en mi hospital ha ocurrido, puede que dentro de poco tiempo tengan el mismo problema en el lugar donde trabajen.

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