@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Esta foto cumple hoy diez años.

Nunca planifiqué qué haría el día que cumplí los dieciocho y, sin embargo, nunca podré olvidar aquel día: aquella despedida del campamento de política europea de Heppenheim, comiendo tarta de chocolate mientras me cantaban el «Glückliches Geburtstag», abrazando a tanta gente de la que no quería pensar que probablemente no volviera a ver, esforzándome por contener las lágrimas porque, como todo el mundo sabe, los hombres no lloran. Y, a partir de aquel día, yo ya era un hombre.

Tampoco olvidaré las muchas horas de tren y coche que siguieron a aquella fiesta, leyendo un ejemplar añoso de Tom Sawyer, hasta llegar a Walchensee, en Austria, donde se me esperaba para celebrar una fiesta de cumpleaños con cerveza rubia, salchichas, tartas de todos los sabores, una orquesta bávara que no paraba de tocar con sus trompetas «Bye, bye, Fräulein» y para terminar nadando en un lago, a oscuras, bajo la luna llena, y para colmo, enamorado.

Seguramente, si lo hubiera planificado, no habría sido tan perfecto.

Si la foto cumple hoy diez años, quiere decir que yo hoy cumplo veintiocho. Veintiocho. Mi número favorito. No es que tenga nada especial; ni siquiera la descomposición en factores primos (siete por dos al cuadrado) parece especial. Pero siempre pensé que cumplir veintiocho años un día veintiocho tendría algo de especial.

No he hecho planes para hoy. Antes de ayer, quedé con Paco y Caro, con Joaquín y Pilar. A altas horas de la noche, Carlos me hablaba de Milan Kundera y Slavoj Zizek con la misma naturalidad que un niño le cuenta a otro cualquier detalle sin importancia. Ayer cené con Rafi y Elena, con Javi y los Joses. Antes de ayer y ayer, en diversos momentos de las veladas, me dolieron las mejillas de llevar mucho tiempo sonriendo.

Fue mientras cruzaba Reyes Católicos, a la altura de Zaragoza, al dar las doce de la noche, cuando se pusieron a cantar en voz alta el cumpleaños feliz y cuando el móvil y las redes sociales se comenzaban a volver locos de contener mensajes de felicitaciones. Con el dolor de las mejillas, me di cuenta de que no hacen falta planes complejos para sentirse dichoso cuando sabes que en los últimos diez años te has seguido rodeando de gente que te quiere.