@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estábamos en el cumpleaños de Enrique, Elena y yo, cuando ella se puso a hablar de uno de los temas médicos que más le apasionan: el VIH y el SIDA.

De repente, se hizo el silencio y muchas personas de esa fiesta se pusieron a escuchar lo que ella decía, porque era muy interesante. Y yo pensé: esto habría que grabarlo, porque seguro que bastante gente querría escucharlo.

Fui masticando la idea hasta que decidí invitarla a casa y grabarnos. Hacer un podcast. Y el resultado está aquí.

Mis amigos se sorprenden cuando les cuento que los sanitarios nos pinchamos con relativa frecuencia.

No es algo muy común, pero en ocasiones, a pesar de todas las precauciones que se toman, uno se pincha con una aguja contaminada con la sangre de otro paciente. Afortunadamente, el riesgo es bajo, entre otras cosas porque cuando la aguja traspasa el látex de tu guante, se limpia por la tensión que el plástico ejerce sobre ella.

Si te pinchas, quítate rápidamente el guante y exprímete el lugar del pinchazo intentando que salga sangre tuya por él. Después, lávate la zona afectada y comunícalo al responsable de pinchazos de tu centro sanitario.

Los contagios son raros porque, habitualmente, el paciente está sano. Incluso cuando el paciente tiene alguna enfermedad, contagiársela es poco probable. Esas enfermedades que se pueden transmitir son las hepatitis B y C y el VIH.

Yo me he pinchado más de una vez y eso implica pasar los siguientes seis meses con la incertidumbre de un posible contagio y realizándose serologías periódicas. Por este motivo, se ha discutido en ocasiones que los trabajadores sanitarios tengamos en nuestro sueldo un complemento por riesgo biológico. Personalmente, fui consciente de los riesgos que entrañaba mi profesión antes de elegirla y, si bien por un lado creo que un complemento por riesgo biológico no sería injusto, considero prioritarias en este momento otras reformas retributivas que ahora no vienen al caso.

Lo que sí quiero comentar son dos situaciones que, desde estudiante, me han llamado la atención en relación con los pinchazos de los sanitarios.

La primera de ellas es que algunos trabajadores, afortunadamente pocos, no comunican los pinchazos de forma pertinente. Esto sobre todo ocurre cuando la aguja está contaminada con sangre de alguien con poco riesgo de tener una enfermedad contagiosa; como por ejemplo, un niño. Es verdad que el riesgo de contagio es muy bajo en la mayoría de los casos, pero también lo es que las posibilidades de contagio por pinchazo son reales y que deberían de quedar todos ellos registrados de forma pertinente; si no por motivos de prevención, al menos por motivos legales.

La segunda situación es la relativa a nuestra vida sexual. De ser una persona presuntamente sana, pasas a ser alguien con posibilidades de tener y poder transmitir hepatitis y VIH. Yo considero que tu(s) pareja(s) sexual(es) tienen derecho a saber esa nueva situación. Y tener que dar esa noticia no es algo que aumente precisamente la líbido.

A pesar de vivir con la incertidumbre de un posible contagio y de las consecuencias sobre la sexualidad, no protesto. Como escribí antes, siempre fui consciente de este gaje de mi oficio. Pero creo que es bueno comunicar esto a las personas que desconocen esta realidad sobre los sanitarios.

Pero eso sería terrible -me dijo un infectólogo al que le comenté mi proyecto llamado eORL. Imagina que yo les diera mi móvil, mi correo o mi página personal a todos mis pacientes. ¡Estaría todo el día acosado! Yo trato a algunos VIH que son jóvenes, con acceso a nuevas tecnologías y que dedican parte de su tiempo a buscar por Internet alternativas para saber si lo que estoy haciendo con ellos es lo mejor. Si les diera mi correo electrónico, ¡tendría mi bandeja de entrada siempre llena de correos de estos pacientes demandando información!

Pero lo que este infectólogo no sabía es que los pacientes ya nos buscan en Internet. Quieren saber quién es su médico. ¿Alguna vez has buscado tu nombre en Google? Hazlo y sabrás lo que tus pacientes van a saber de ti cuando ellos te busquen. Por cierto, quita tus fotos más comprometidas de Facebook o de Tuenti. Un paciente encontró la página de uno de mis compañeros y, después de ver las fotos de sus vacaciones, le envió un mensaje para agradecerle lo buen médico que era.

Sí, hoy en día los pacientes electrónicos no están sólo en Estados Unidos; han llegado a España y están entre los que acuden a nuestra consulta de todos los días. Y más o menos conscientemente, reclaman cada vez más una atención por la red.

Pues yo les doy mi teléfono móvil y mi correo a mis enfermos de la privada y no me suelen solicitar mucho -me comentó otro médico de mi hospital. Creo que les tranquiliza y les pone mejor saber que estoy ahí por si algo va mal.

Seguramente los dos médicos tengan razón; entonces, ¿a quién escuchar? Por un lado, sería muy positivo que mis pacientes pudieran comunicarse conmigo en cualquier momento; por el otro, yo también necesito un tiempo personal de descanso.

Mientras me planteaba esto, encontré una solución intermedia delante de mis narices: Twitter, que permite una comunicación entre personas instantánea, gratuíta y forzosamente breve. Así que diseñé un proyecto para seguir on-line a mis pacientes. La idea me entusiasmaba tanto que lo fui comentando con algunos compañeros hasta que uno me dijo:

-¿Y por qué no dedicas mejor tu tiempo a estudiarte la especialidad?

Ya no comento lo de eORL; ahora lo llevo en secreto.