@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estás dentro de ORL general

Viene de la primera parte.

Lo malo de las mentiras es que siempre hay inocentes que salen culpables y en nuestro caso son las vértebras cervicales. Tan bien diseñadas ellas, no tienen la culpa de que la idea de que existe el vértigo cervical se halle enquistada en el conocimiento de tantos médicos. Y es que la existencia del familiar “vértigo de las cervicales” es muy dudosa y, si éste llega a existir, debe ser mucho menos frecuente de lo que lo solemos diagnosticar. Pero entonces, ¿por qué tantas personas a partir de la mitad de la vida se marean al girar el cuello? -nos preguntamos mientras que los hados se ríen de nuestro desconocimiento.

Claro que la culpa del desconocimiento es mucho menor que la culpa cuando hay conocimiento porque, si sabemos que los bastoncillos de oídos no sirven para limpiarse los oídos, ¿por qué los llamamos bastoncillos de oídos y no simplemente bastoncillos sin más? ¿Para aumentar la confusión y para que miles de mortales los usen para impactarse su cerumen en lo más profundo de su conducto auditivo en una conducta adictiva más próxima al onanismo que a la higiene? Misterio…

Fijaos que incluso hay mentiras de siglos de antigüedad, que ya le valía a San Blas, el otorrino del siglo III, haber obrado otro milagro que haber sacado una espina de pescado de la garganta de un niño que se asfixiaba, dejándonos durante mil ochocientos años a miles de otorrinos la responsabilidad de sacar espinas a los comensales que tragaron el pescado sin haberlo masticado lo suficiente, cuando la mayor parte de éstas no se llegarán a encontrar jamás. En serio, las series más optimistas no llegan a un 30% de espinas encontradas, y a mí ese valor me parece incluso elevado; así que si su otorrino no le ha encontrado la espina que se siente en la garganta, no se sienta frustrado, siéntase mayoría.

Tampoco su otorrino es negligente si le ha dicho que su tímpano estaba perforado y le ha puesto un tratamiento con gotas para los oídos. Y sí, ya sabemos que en el prospecto de las gotas dice que no se las eche si su tímpano está perforado, Que no, que no queremos que su oído sufra, pero es que muchas veces no hay más remedio que usar gotas para tratar algunas infecciones. Aunque la gota lleve gentamicina, ese antibiótico que nadie tiene muy claro para qué sirve pero del que todo el mundo conoce que produce sordera. Los manuales insisten en que la técnica es segura, porque la gota supuestamente perjudicial no se meterá perforación hacia dentro. Eso dicen los manuales y yo, en mi corta experiencia, les creo.

Y para terminar con esta serie de mentiras otorrinolaringológicas, hablaremos de Edvard Munch, el pintor noruego, o más concretamente de su obra, “El grito“. Bien, ninguna referencia dice que el extraño protagonista se tape los oídos porque padezca de acúfenos, los temibles pitidos de oídos. Se ha hablado mucho de qué significa el cuadro, diciendo la mayoría de las teorías que es un símbolo de la desesperación. Y es una gran verdad que los acúfenos pueden llegar a desesperar a quien los padece, pero las fuentes que aseguran que el pintor padecía de esta dolencia son bastante discutibles.

“Así se escribe la Historia” y muchas veces también “Así se escribe la Ciencia”, basada en creencias, mitos, supersticiones, tradición y leyendas.

La Otorrinolaringología, como ciencia que es, no está exenta de estas creencias populares poco fundamentadas y no es raro ver a alguien a quien le sangra la nariz que echa la cabeza hacia atrás, creyendo que con esta actitud cortará antes la hemorragia. Equivocado está, porque por tragarse la sangre, ésta no volverá a las venas, sino que se acumulará en el estómago, irritándolo. Es siempre mejor inclinar la cabeza hacia delante, así siempre tendremos la certeza de saber cuándo la hemorragia se ha cortado.

Igual de extendida está la creencia de que durante una laringitis (esos catarros que dejan ronco) es mejor hablar susurrando. Hoy en día, hay consenso de que el reposo vocal, es decir, no hablar nada, es la mejor actitud ante una laringitis. Por otro lado, también se sabe que la mayoría de las personas fuerzan más la laringe cuando susurran que cuando hablan de forma normal. Según esto, susurrar no sólo no mejora la enfermedad, sino que retrasa la curación y siempre es mejor, cuando no quedo remedio que hablar para comunicar algo, intentar hacerlo con voz normal que susurrando.

Por muy crueles nos toman a los otorrinos cuando proscribimos y no prescribimos los vasoconstrictores nasales, esos inhaladores que se venden sin receta y que en segundos proporcionan la felicidad de una nariz increíblemente despejada. Pocos saben que dichos inhaladores son rápidamente adictivos, que causan tolerancia y dependencia y que su abuso desemboca en la terrible rinitis medicamentosa, en la que uno acaba viendo una nariz permeable sobre la que el afectado refiere dificultad para el paso de aire y uno no puede explicar racionalmente por qué el enfermo está sintiendo esa dificultad. Es como en los cuentos infantiles en los que se vende el alma al Diablo para la eternidad a cambio de una vida feliz; aquí uno vende su respiración nasal al vasoconstrictor a cambio de poder respirar durante un resfriado.

A diferencia de las rinitis medicamentosas, las amigdalitis agudas son más fáciles de curar, y en dos semanas si te he visto no me acuerdo: las amígdalas se han convertido en bolitas rosas que miran al otorrino con cara de inocencia, desde su lugar en la faringe, insinuándose hacia la boca. Tan tiernas parecen que resulta difícil decir que hace escasos días estaban terriblemente inflamadas, haciendo de la comida y la bebida una dolorosa tortura. Pueden llegar a inflamarse muchísimo, tanto que es posible que ambas lleguen a estar en contacto. Sin embargo, esta situación no cambia el tratamiento. Mientras no haya un absceso, las amígdalas que se tocan no necesitan una actuación diferente; una no es de materia y la otra de antimateria y si se rozan, el Universo no colapsará.

Igual de alarmante que unas amígdalas que se rozan resulta para algunos padres que el tímpano de su hijo se rompa como consecuencia de una otitis media, expulsando pus por el oído cuando este hecho más bien debería tranquilizarles. Como ya decían en la época de los romanos “Ubi pus, ibi evacua”; es decir, si hay pus, sácala. Menos daño hace la pus fuera que dentro. La rotura del tímpano forma parte de la historia natural de la otitis media; el tímpano se acabará cerrando en la mayoría de las ocasiones y el proceso acabará curando.

Seguro que conocen a alguien que padece de mareos, que se lleva quejando años de los mismos y que parece que ningún médico es capaz de curar. Y seguramente proteste porque todos esos médicos le han asegurado de que “no era nada”.

-¿Cómo que no es nada? ¡Algo será cuando yo antes no me mareaba y ahora sí!

En realidad, cuando un médico dice que un mareo “no es nada” no quiere decir que no sea nada, sino que no es nada potencialmente grave. En otras palabras, que no es un tumor cerebral ni nada por el estilo.

¿Y cómo sabe el médico que no es un tumor cerebral? Normalmente por la historia del paciente. Una abuelita de ochenta y tantos años que lleva veinte años con los mareos que ni mejoran ni empeoran tiene pocas papeletas. Un joven de veintipocos que se marea y además ha perdido audición y trae la cara torcida necesitará una atención preferente.

Pero la historia no lo es todo, y aquí llega el quid de la cuestión. La última palabra la tiene la resonancia magnética.

Para descartar enfermedades graves que causan mareos, cada vez se solicitan más resonancias magnéticas. Afortunadamente, la gran mayoría de ellas vienen informadas como normales. Pero, ¿qué paciente es el candidato para pedirle una resonancia?

Evidentemente, en nuestro sistema no es posible solicitar una para todos los pacientes con mareos; al menos, a día de hoy. Nuestra abuelita anterior seguramente se habría ido de la consulta sin una resonancia. Pero aunque su caso no parece para nada sospechoso de una enfermedad cerebral grave, pocos otorrinolaringólogos pondrán la mano en el fuego afirmando que no tiene nada. Más de uno recordará alguna historia de un “no es nada” que con el tiempo acabó siendo un neurinoma del acústico, un tumor benigno del nervio vestibular.

-¿Entonces es realmente para preocuparse el tener mareos?

No es para preocuparse, pero es para ocuparse. No hay que crear alarma social. Uno tiene que ocuparse de sus mareos y consultarlos con su médico de cabecera, que está muy entrenado en estas enfermedades. Cuando éste sospeche o dude, derivará al otorrinolaringólogo que hará las pruebas que crea convenientes en función del caso.

-Pero si el otorrino no solicita una resonancia nunca estará seguro de que no sea nada grave.

Es cierto, nunca estará seguro al 100%, pero sí tendrá un grado de certeza bastante alto.

-¿Cómo de alto?

Bastante alto; pero no sabemos exactamente cuánto. El tema es complejo. Por un lado, la mayor concienciación de la existencia de patología cerebral y por otro lado el miedo a una denuncia por un diagnóstico tardío han aumentado el número de resonancias solicitadas. En el extremo opuesto, sabemos que si pedimos resonancias magnéticas a los casos mínimamente sospechosos, son tantos que la lista de espera de la resonancia magnética aumentará considerablemente y, por tanto, no podremos otorgar un diagnóstico y un tratamiento precoz a quien realmente lo necesita.

La decisión final de qué mareo es candidato a resonancia y cuál no no está completamente clara. No nos quedará otra para los próximos años que revisar la literatura para crear una guía basada en la evidencia que indique con precisión los criterios de solicitud de esta prueba diagnóstica.