@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Todo se remonta a cuando éramos monos y estábamos campando tranquilamente por la sabana africana.

Entonces llegaba un león hambriento y se acababa la paz: había que salir corriendo y subirse al árbol más cercano. Evidentemente, cuando eso ocurría, nuestro primitivo cerebro debía activarse y poner en marcha sus mecanismos que le advertían de un peligro inminente. Entre esos mecanismos, estaba el de aumentar nuestra atención respecto al equilibrio; que cuando salíamos corriendo y huyendo, aquel al que le fallaba el equilibrio se caía y se convertía en la cena del temido león.

De este modo, la evolución favoreció que los humanos desarrolláramos una compleja relación entre la zona del cerebro que se encarga de activarnos en caso de peligro (la amígdala) y los centros del equilibrio (los núcleos vestibulares).

Esta historia del león es, por supuesto, un cuento chino, o un cuento africano más bien; pero nos sirve para explicar muchas cosas. Hoy en día ya no hay leones hambrientos por las calles de las ciudades; los leones son otros. Les llamamos presión laboral, tensión familiar, crispación política, inestabilidad económica y así una larga lista que estoy seguro que cualquiera de ustedes podría completar.

Cualquiera de estos sucesos, en personas predispuestas, es capaz de activar la amígdala cerebral del mismo modo que hacía el león y, consecuentemente, alterar el funcionamiento de los núcleos vestibulares y provocar mareo e inestabilidad a las personas que lo sufren, provocando a su paso otros síntomas como depresión y ansiedades varias. “Mareo psicógeno”, le solemos llamar, aunque para ser psicógeno tiene una fisiopatología bastante bien conocida.

-Y todas las pruebas que me he hecho doctor, salen normales, pero yo le juro que estoy muy mareado y muy angustiado por todo esto. Y no estoy loco, doctor se lo prometo. ¿Sabe usted lo que me pasa?
-¿Le han contado a usted alguna vez el cuento del león? –respondo.

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-Ah, por cierto.
-Sí, dígame.
-Yo ya estaba tomando algo para los vértigos. Es una medicina homeopática y me va muy bien con ella. ¿La puedo seguir tomando?

En los últimos días, con el intento de regulación de los medicamentos homeopáticos por parte de nuestro Ministerio, se ha abierto una herida que nunca acabó bien de cerrar: las discrepancias existentes entre la Medicina basada en la evidencia y la Medicina homeopática.

El motivo del debate no es para nada superfluo: hay que decidir si los fármacos homeopáticos, que no han demostrado de forma clara según la evidencia científica su efectividad, deben estar disponibles para ser consumidos por los españoles que estén interesados en este tipo de Medicina.

Si bien puede parecer que resulta absurdo comercializar productos cuya eficacia no haya sido probada o que directamente haya sido rechazada, retirar los medicamentos homeopáticos de las farmacias atenta contra intereses comerciales, desoye la opinión de muchos médicos que sí creen en los remedios homeopáticos y los aconsejan y, lo que es peor, amenaza con vulnerar el Principio de Autonomía de los pacientes.

Pero esas grandes y profundas consideraciones bioéticas quedan muy lejos de mi humilde consulta y lejos también de la mayoría de las consulta de mis colegas.

-Verá…
-Ya, usted no cree en la Homeopatía, ¿no?
-No, no es que no crea, todo es más complejo. Verá, yo creo en una cosa llamada Evidencia Médica que consiste, más o menos, en mandarle cosas que han demostrado que funcionan en pacientes que se parecían mucho a usted.
-Sí.
-La Evidencia tiene muchas pegas, pero sí que le puedo decir, con un porcentaje de seguridad, lo probable que es que este tratamiento que yo le receto le mejore a usted. Con fármacos homeopáticos, no puedo decirle eso. Ahora mismo, existe una probabilidad muy grande de que usted mejore/se cure tomando lo que le he mandado. ¿Para qué recurrir entonces a la medicación homeopática? Si no se cura, ya valoraremos otras opciones.
-¿Y me puedo tomar los dos tratamientos a la vez?
-No creo que sean incompatibles. De todos modos, cuantas menos cosas se tome mejor, ¿no?

Este razonamiento suele funcionar la mayoría de las veces. Sin embargo, deja en el aire una pregunta más incómoda: ¿por qué un porcentaje amplio de una población educada sigue creyendo en remedios que no han asegurado su efectividad? ¿Es simplemente una necesidad de creer en remedios mágicos o responde a algo más grave y preocupante: una escasa formación crítica acerca de la salud? Y algo peor: si esto es así, ¿qué parte de la culpa de esto es de los propios sanitarios?

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Tras dos semanas encerrado en casa, 71.637 palabras repartidas en 278 páginas conforman el primer borrador de mi tesis doctoral. Acabo de pasarles el corrector ortográfico y de enviarla a mis tutores.

Ahora mismo estoy sentado en frente de mi ordenador y me pregunto: Bueno, y ahora, ¿cuál es el siguiente paso?

El siguiente paso de la tesis lo sé; no es eso a lo que me refiero. Estoy pensando en la siguiente meta vital. ¿Continuar con la investigación clínica? ¿Estudiar cualquier otra de las ciencias que me apasionan? ¿Dedicar más tiempo a mi vida personal?

En ese debate me mantengo y no hay respuesta clara.