@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Estás dentro de Tesis doctoral

Capítulo II

Como quiera que ustedes decidieran finalmente llamarles, el caso es que el doctor Sensible y la doctora Específica decidieron casarse, que la vida tiene cosas así, que qué bonito es el amor y yo aquí como un idiota encerrado en casa escribiendo la tesis doctoral una tarde de viernes de agosto.

El caso es que fueron felices y, fruto de su amor, nació un hijo, que, como todos los hijos, tuvo que ir al instituto y examinarse de Matemáticas. Un día, llegó a casa con un cinco en su último examen.

-Enhorabuena, hijo -dijo el doctor Sensible- esto demuestra que sabes las suficientes Matemáticas.

-Nada de enhorabuena, cariño -replicó la doctora específica. Tu hijo no sabe Matemáticas y la nota que ha sacado se ha debido a la suerte y la casualidad.

-Eres tú la que se equivoca querida. Y te lo puedo demostrar.

Dicho lo cual, el doctor se llevó a la doctora al estudio, cogió una hoja de papel y le explicó.

-El objetivo de un examen es separar a los alumnos que saben las Matemáticas suficientes para pasar de curso de los que no las saben. La mayoría de los alumnos que saben Matemáticas tendrán un cinco o más. De acuerdo, algún alumno tendrá más de un cinco por suerte, pero ése repetirá el curso que viene. Quizás no sería una tontería que la nota de corte para aprobar fuera un cuatro. Así los alumnos que saben Matemáticas pero tuvieron mala suerte y sacaron un cuatro y medio podrán promocionar.

El doctor Sensible quedó muy convencido por su razonamiento y no se dio cuenta de que con su método estaba haciendo exactamente lo mismo que hacía con sus pacientes: asegurarse que todos los alumnos que tenían conocimientos de Matemáticas fueran un curso más allá; del mismo modo que sus pacientes, que ante el mínimo síntoma eran candidatos a un estudio exhaustivo.

-No estoy de acuerdo -replicó la doctora Específica. No se trata de separa a los que saben de los que no saben, sino justo de lo contrario: de separar a los que no saben de los que sí. Según esto, la nota de corte debería ser por lo menos un siete. Así, los alumnos que promocionen tendrán el éxito asegurado y, los que tengan la mala suerte de saber y no tener la nota necesaria se aplicarán aún más.

También la doctora Específica actuaba con los estudiantes del mismo modo que con sus pacientes: el cuadro clínico de sus enfermos debía ser muy llamativo como para que decidiera preocuparse por ellos, así como los alumnos haber hecho exámenes brillantes para pasar de curso.

En el campo médico, ¿cuál debe ser el punto de corte óptimo en una prueba que pretenda separar dos grupos, pues? ¿Tiene sentido que una glucemia en ayunas de 125 no sea indicativa de diabetes y una glucemia de 127 sí? ¿Tiene sentido que un tumor de pulmón de 2,9 centímetros (categoría T1) sea diferente a uno de 3 centímetros (categoría T2) pero sin embargo igual a uno de 0,5 centímetros (categoría T1)?

El doctor Sensible y la doctora Específica iban a comenzar a pelearse cuando su hijo intervino en la conversación.

-En pocas pruebas del mundo real existe un punto de corte que satisfaga completamente vuestros dos puntos de vista a la vez. Toda ganancia de sensibilidad (aprobar a más alumnos que sepan) implica forzosamente una pérdida de especificidad (aprobar a alumnos que no sepan). Sin embargo, puedo encontrar una forma de hallar el punto de corte óptimo. Y os la voy a demostrar.

-Puede que nuestro hijo sepa Matemáticas después de todo -pensaron a la vez los padres.

Capítulo I

Había una vez, hace muchos años, un médico sensible.

Bueno, en realidad esto es un cuento, no hace falta decir que hace muchos años desde que ocurriera esta historia. Y cuando digo que el médico era sensible, no quiero decir que fuera especialmente empático con los sentimientos de sus pacientes, no. Cuando digo sensible, quiero decir otra cosa.

El médico era sensible porque era capaz de detectar cuándo uno de sus pacientes enfermos estaba enfermo. Dicho de otra forma, que un paciente enfermo no se escabapa de su consulta etiquetado de “a usted no le pasa nada”. Sí, nuestro médico era capaz de percibir cualquier mínimo indicio en sus pacientes que le indicara que éstos estaban enfermos. “Pues vaya mérito” -pensarán ustedes- “es lo mínimo que se le puede exigir a un médico” -continuarán sin caer en la cuenta del problema del que adolecía este doctor.

Le llamaremos A. Vale, está bien, “A” es un nombre demasiado científico. No sé… …bautícenlo como Antonio, Alberto, Aniceto, Anastasio o como mejor les parezca. El problema de Don Anacleto era que consideraba síntomas muy banales como indicios de presuntas enfermedades muy graves. Claro, así no se le escapaba nadie. Él detectaba a todos los enfermos, sí, pero a costa de decir que muchos sanos estaban graves. Porque, ¿y si ese simple resfriado de aquel chiquillo no era en realidad una neumonía atípica? ¿Y si esa lumbalgia de aquel señor no tenía detrás cualquier enfermedad más seria?

La consulta de al lado la pasaba la doctora “B”. Doña Blanca, doña Blasa, doña Brígida o como prefieran. El caso es que doña Berta era todo lo opuesto a don Álvaro. Muy enfermo tenía que venir uno de sus pacientes para que ella detectara que le pasaba algo. Muchos pacientes graves se le escapaban sin que ella se hubiera dado cuenta, pero a su favor podía decir que, al revés de don Anatolio, doña Beatriz jamás le pondría una etiqueta de enfermo a alguien que no lo estuviera. Era todo lo contrario de una médica sensible. Era una médica específica.

¿Y quién de los dos lo hacía mejor, don Ataulfo o doña Baldomera? Pues como todo en esta vida, depende. Comenzamos hoy una serie de actualizaciones que pretenden introducir mi tesis doctoral de forma simple y comprensible. Si quieren conocer la respuesta a esta pregunta, sigan sintonizando el mismo canal a la misma hora. O bien, suscríbanse al blog mediante RSS.

En un terrible juego de palabras, Jardiel Poncela escribía en una de sus novelas:

-¿El asunto tiene tesis?
-No, pero el protagonista tiene tisis.

Y yo ni tengo tesis ni tengo tisis. Pero la quiero. La tesis digo, no la tisis.

Siempre la he querido. ¿Por qué? se preguntarán ustedes. Bueno, quizás por saber que tras mi paso por la Universidad conseguí aportar un granito de arena más a la ciencia. O tal vez sea sólo por amor propio, quién sabe.

En cualquier caso, el mundo de la tesis es complejo. Para empezar, es necesario estudiar mucho y no sólo saber lo que dicen los libros, sino mantenerse actualizado y a la última, porque no hay nada peor que comenzar un tema desfasado. En teoría, la tesis debe ser algo nuevo.

-Tienes que acabar la tesis durante la residencia -me han dicho más de dos y tres veces.
-Pero en los primeros cuatro años de una disciplina es difícil localizar cuáles son los temas que se deben desarrollar -me defiendo.
-Sí, pero la tesis es algo muy conveniente. Tanto para tu currículum profesional como para el docente.

Internamente creo que tener la tesis antes de los treinta años es precoz. Pero aunque opino que la tesis de un especialista joven supone menos amplitud de miras que la tesis de alguien con más experiencia, una vez me dijeron algo que me convenció para seguir adelante:

-Haces la tesis para ser doctor. Eres doctor para seguir investigando. En ese sentido, tu tesis debe ser tu primera investigación y, por tanto, la peor de todas.

Así pues, yo comencé mi tesis durante el primer año de residencia. El tema era interesante: estudio de las reclamaciones interpuestas a servicios de Otorrinolaringología. No había mucho sobre el tema, así que me formé, conseguí la escasa bibliografía disponible y escribí mi tesina, que es algo así como un estudio previo a la tesis. Y en ella, tras varios estudios descriptivos y alguna que otra inferencia, acabé concluyendo que las reclamaciones están influidas por un número tan alto de condicionantes externos, que su análisis diacrónico carece de interés y, por otro lado, que la variedad de motivos objeto de reclamación es tan variada, que las muestras de cada servicio no tienen un tamaño muestral suficiente para permitir comparaciones sincrónicas.

En otras palabras, que era mejor no seguir investigando en el tema. Fui humilde y me quedé con una tesina, pero sin tema de tesis. ¿Cómo iba a seguir trabajando en una materia cuyo estudio preliminar me advertía de su dudosa utilidad?

Entonces llegó todo el boom del dospuntocerismo en sanidad y, con él, los intereses comerciales asociados. Se desarrollaba de un día para otro una amplia oferta de formas y usos sanitarios que se aplicarían sin estudios previos de seguridad a la práctica habitual. Un campo emergente lleno de posibilidades de estudio y en el que me apliqué para conocer qué se estaba haciendo en Otorrinolaringología y Teleasistencia.

Leí más de doscientos artículos: algunos ingeniosos, otros temerarios, e incluso redacté una propuesta para estudiar la seguridad de métodos de Telemedicina con pacientes quirúrgicos. Pero pronto comprendí que Internet se trata de un terreno con una evolución tan trepidante que mi segundo posible tema de tesis quedaría desfasado en meses. Sobre todo porque el perfil del usuario de nuevas tecnologías en este momento no tendrá nada que ver con el usuario de dentro de unos años. Ni siquiera con el usuario de dentro de unos meses.

Por tanto, ahí estuve, húerfano de tesis por segunda vez. Hasta que hace tres semanas me enfrenté a una tercera posibilidad, que es la que estoy estudiando en este momento y que quizás llegue a buen puerto. Os mantendré informados.