@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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El viernes es un día importante para mí: debuto como profesor en un curso de vértigos que se organiza en mi propio hospital.

No es la primera vez que me enfrento a un público, pero sí que estoy un poco intranquilo. Los asistentes al curso son otorrinolaringólogos que tienen mucho más tiempo de experiencia que yo en el mundo del vértigo. Llevo un mes largo preparando mis clases y hasta hace unos minutos no he acabado de darles los últimos retoques.

Llevo un año y medio a cargo de una consulta de Otoneurología, quizás sea poco tiempo para dar clases a otro grupo de médicos. O quizás sea al revés, podría utilizar mi escaso tiempo de experiencia como ventaja: al estar más cerca del comienzo del aprendizaje, puedo explicar las cosas de forma más cercana.

Prometo informar de cómo ha ido.

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La noticia del día de ayer fue que una ciudadana, tras haber reunido tropecientas mil firmas, consiguió que se debatiera en el Congreso un sistema gratuito de préstamo de libros de texto, que se hiciera una propuesta firme ¡y que se aprobara!

Todos debemos alegrarnos; es una buena noticia. En primer lugar, porque habla mucho a favor de la soberanía popular y de una accesibilidad al Congreso que muchos creíamos inexistente. En segundo lugar, porque es una política que promueve el consumo racional; que los libros son papel, que el papel sale de los árboles y que los árboles son un tesoro.

Sin embargo, hay algo que no me gusta de esta medida.

Quizás penséis que es que frenar el consumo implica también frenar la economía. ¡Pobre industria editorial, que ahora venderá menos y se verá obligada a reestructurar de nuevo su empresa, con lo que ello puede conllevar! Pues no. No es eso lo que no me gusta. Quiero decir, que este argumento es algo que también me he planteado, pero no es lo que más me preocupa.

Creo que en el presupuesto de toda familia debe haber una partida dedicada a la educación. Por supuesto, no es una partida de máxima prioridad. Primero siempre se debe ahorrar para comida y para cama. Pero debe ser una partida que toda economía familiar debería tener en cuenta en el país en el que me gustaría vivir. Ahorrar para comprar libros es propio de una sociedad inquieta intelectualmente y creo que hay que educar a la población en la importancia de este hecho.

El último libro que compré me costó unos 80 euros: el “Vestibular Rehabilitation” de Herdman. Llevo algunos meses ahorrando para comprar “Apnea del sueño y roncopatía” de Friedman, que vale algo más de 200 euros. ¿Cómo me mantendría actualizado como médico si no fuera ahorrando para comprar libros?

Pero no ocurre solo en mi profesión. ¿Acaso un pequeño tendero no debería comprar y leer de vez en cuando un libro de contabilidad; los profesores, de nuevos métodos docentes y los constructores, de seguridad en el trabajo?

Los libros de texto no sólo educan por su contenido; ya comienzan a hacerlo desde el momento en el que se comienza a ahorrar para su compra.

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Yo también me escondí del mismo tiranosaurio aquella noche, estaba al lado de ti y no te diste cuenta. Esto es lo que pasa al acompañarte desde el otro lado de las páginas del libro: yo puedo saberlo casi todo sobre ti; tú, sin embargo, sólo sabrás de mi existencia por un raro capricho del autor.

La aventura fue sensacional, aunque tanto tú como yo sabíamos que de algún modo u otro saldríamos de la isla y que todo llegaría a su final. ¿Qué es de ti ahora que ya no te veo? ¿Qué pasó después de la última página y por qué no apareciste en la segunda parte? ¿Sigues diligentemente trabajando en tus excavaciones?

Otro libro que cerré y que ahora sigue, como otros, en mi estantería. Pero este libro es especial y siempre lo será: porque demoré todo lo que pude pasar la última página y porque, al verlo cerrado, a veces sonrío; otras, siento pena y algunas recuerdo cómo hicimos para defendernos de los dinosaurios.