@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Tercer día de la huelga indefinida de los EIRes y comienzo a preocuparme. Por el lado de los residentes, parece que la huelga no ha perdido fuerza como se esperaba; sino más bien lo contrario: las fuentes extraoficiales cuentan en las redes sociales que cada vez se van sumando más profesionales a ella. Por el lado de la Administración, el silencio sigue siendo la norma.

Sin embargo, el silencio no está siendo la norma de los residentes, que cuentan en las redes sociales cómo se están viendo afectados los hospitales con su ausencia: servicios de Urgencias colapsados, quirófanos suspendidos, guardias sobrepasadas. Esta información no es oficial, pero los medios de comunicación más críticos comienzan ya a hacerse eco de ella.

Yo no he visto qué está pasando, pero comienzo a preocuparme porque, si bien soy médico de la sanidad privada, soy usuario de la sanidad pública. Y esta tarde podríamos necesitar sus servicios por algo grave yo o cualquiera de mis seres queridos. Me temo, por la información que me llega, que en ese caso tendría que esperar más de lo normal, que la sanidad no está funcionando al 100%.

Entiendo que haya discrepancias entre el colectivo de los EIRes y de la Administración, entiendo que no se puedan solucionar fácilmente y entiendo que eso repercuta en mi asistencia. Pero lo que no estoy dispuesto a aceptar es que una asistencia sanitaria, potencialmente vital, se me pueda ver afectada porque, al tercer día de una huelga grave de un colectivo imprescindible, la Administración ni siquiera haya aceptado sentarse a negociar.

Lo pido como usuario: por favor, aunque no lleguen a ningún acuerdo, acepten sentarse a hablar ya.

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Hoy comienza un pulso sin precedentes en la sanidad andaluza: la huelga indefinida de los especialistas internos residentes (EIRes). Para quien quiera conocer los motivos que han impulsado a los EIRes a la huelga, puede consultarlos en esta entrada de este mismo blog.

Se trata de un pulso muy arriesgado, puesto que una de las dos partes implicadas acabará cediendo debajo de la otra parte. La administración, por su parte, cuenta con la ventaja de que, mientras que dure la huelga, los EIRes no cobrarán. Sabe que una huelga a largo plazo es algo que económicamente los EIRes no se pueden permitir. También juega con el miedo de los EIRes a que éstos no completen los programas formativos y a que no se les reconozca su especialidad.

Sin embargo, a través de las redes sociales, estos miedos no parece que socaven la moral del colectivo EIR. Es más, diría que incluso los refuerza. El colectivo EIR tiene dos cartas en su mano. La primera de ellas es que sabe que la sanidad pública no puede funcionar sin ellos. Es posible que resista varios días pero, poco a poco, las goteras que los EIRes acostumbran a tapar en su día a día acabarán causando una inundación que descontrolará el sistema.

La segunda carta es precisamente la pérdida de sueldo. El abaratamiento de los sueldos ha conllevado intrínsecamente un abaratamiento del coste de la huelga. Cuando yo era residente, una semana de huelga podría costarme unos 450 euros; una semana de huelga ahora mismo sale por unos 300.

Esta misma mañana se concentrarán en la calle San Fernando todos los EIRes andaluces. Espero que ganen el pulso y se les reconozca la dignidad que se merecen; no sólo en salario, sino en condiciones de trabajo.

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Estoy un poco enfadado. En los últimos días, los medios de comunicación nos bombardean acerca de si la sanidad pública es más rentable que la sanidad privada o no. No se andan con medias tintas: en función del signo político del medio correspondiente, cuentan lo contrario. Unos dicen que la sanidad pública es mucho más eficiente que la privada; otros hablan de la conveniencia de la privatización para reducir costes.

Así que tengo algo claro: aquí hay alguien que miente. Y a mí no me gusta que me mientan. Así que me he puesto a hacer las cuentas a mano.

En primer lugar, me he metido en la página del Ministerio de Salud y Consumo, hasta encontrar un documento que dice que el gasto sanitario público en 2010 teniendo en cuenta los cuidados de larga duración fue de 74.732 millones de euros. Ese mismo año, según el Instituto Nacional de Estadística, en España residían 47.021.031 personas. No dice si en ese número están incluidos los inmigrantes ilegales, pero los inmigrantes regulares sí lo están.

Si hacemos el cociente, me salen 1589,33 euros por español y año. Eso al mes son 132,44 euros. ¿Y cuánto vale una compañía privada? Pues varía mucho. Entre 40 y 140 euros al mes. De entrada, parece que una compañía privada por mes cuesta menos. Sin embargo, llegados a este punto, hay que comenzar a tirar dardos a favor de la sanidad pública.

En primer lugar, ser de una compañía privada no proporciona un descuento al comprar fármacos en oficinas de farmacia, como ocurre en la sanidad pública. Así que, al precio de una compañía, hay que sumarle el del gasto farmacéutico por español y mes. Según el Ministerio, en 2010 se gastaron 13.380 millones de euros en farmacia; lo que equivalen a 23,71 euros por español y mes. Claro que ese gasto supongo que también incluye el de farmacia hospitalaria; pero bueno, pongámonos en el caso más desfavorable. Esos 23,71€ tiene que abonarlos de su bolsillo un paciente con una compañía privada. Es decir, por ahora, la sanidad privada es más rentable siempre que cueste al mes menos de 132,44 – 23,71 = 108,73 euros.

Va ganando la privada. Sigamos pues hablando de las ventajas de la pública. Una de ellas, es la existencia de un sistema de Epidemiología y de Vigilancia de la Salud. Para muchos es desconocido, pero existe. Ya no sólo hablamos del control de epidemias internacionales, sino de inspecciones veterinarias, control de aguas, campañas de prevención de consumo de tabaco, alcohol y drogas que, a la larga, salen baratas.

¿Cómo van las cuentas ahora? Veamos. Un varón de 64 años que viva en Sevilla pagaría al mes en tres compañías sanitarias conocidas, según sus páginas web, 135,81€, 117,72€ y 121,71€ (una media de 125,08€) en tarifas con prestaciones equiparables a las de la Seguridad Social.

Así que ahora, como la privada va perdiendo en lo que refiere a rentabilidad, hay que defenderla. Se puede decir a su favor que las tarifas para personas más jóvenes son más económicas (la media de las tres compañías anteriores para un varón de 30 años se reduce a 48,52€). En contra de este dato, se puede argumentar que existen compañías que no aceptan a asegurados mayores de 65 años o incluso que los echan (esto me recuerda un poco a lo del reloj de la palma de la mano de “La fuga de Logan“).

Además en la sanidad privada, el coste ha de ser superior, dado que existe un ánimo de lucro que no existe en la pública.

Para acabar, hay que decir a favor de la privada que, mientras las compañías privadas no desgraven en el IRPF, en realidad lo que hacen es reducir gasto a la Seguridad Social. Si hace unos meses defendíamos que los inmigrantes irregulares tenían derecho a la Seguridad Social porque pagan su IVA como todos los demás españoles, las personas con un seguro de salud abonan no sólo el IVA, sino también el IRFP; es decir los impuestos de los que sale el dinero para el gasto sanitario.

Así pues, sigue sin estar muy claro qué es más rentable, si la sanidad pública o la privada. Seguro que tenéis cosas que objetar en estas cuentas, que no son más que una simplificación, pero con los números encima de la mesa me siento más seguro para opinar.