@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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El Corte Inglés la usa para anunciar sus rebajas, y así sabemos que los productos que trae este año son sólidos y de calidad, a la vez que toda una ganga para el bolsillo.

Orange no se queda atrás y la usa para hacer que, subliminalmente, pensemos que son una compañía fuerte y responsable, pero que a la par también son amigables y flexibles.

La tipografía Helvética tiene ese extraño poder. Puede ser a la vez seria y divertida; formal e informal y consigue que nos fiemos de aquel que deja el mensaje. Lo que dice, cala al que lo lee. ¿Alguien se atrevería a dejar su coche debajo de esta señal?

Este cartel, evidentemente, no tiene, ni por asomo, la misma fuerza que este otro, que sustituye Helvética por Comic Sans:

Helvética está en todas partes. Tan presente está en nuestras vidas, que los que tengamos menos de cincuenta años somos incapaces de verla; de reconocerla. Es esa letra “básica”, esa letra “normal”, la letra “de la calle”. Sin embargo, es bastante más nueva de lo que creemos. La Helvética es relativamente joven; fue creada en 1957. Antes de esta fecha, cada cartel era rotulado individualmente, cada uno con su propio estilo. En las escuelas aún se enseñaba la gótica Fraktur como símbolo de elegancia, europeísmo y distinción.

Pero, como veis, Fraktur no es especialmente cómoda de leer. Cuesta trabajo distinguir unos caracteres de otros. En este marco, a Helvética no le costó mucho trabajo comenzar a ser utilizada en todo tipo de rótulos debido a su estética moderna, clara y legible.

Todos nos volvimos locos con Helvética. Helvética es la tipografía que, sin querer, adoptamos durante la Guerra Fría y la que se quedó con nosotros por lo fácil y lo cómodo de su sistema. No fue una decisión especialmente voluntaria, sino que hubo bastante de inercia en su implantación como tipo de letra universal.

Fue como el Capitalismo, que también se enquistó en nosotros a partir de la Guerra Fría por su facilidad y comodidad. Y, al igual que el Capitalismo, conviene que nos preguntemos si queremos estar rodeados por un sistema fácil, pero que influye contínuamente en la toma de nuestras decisiones.

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Lo que más me molesta de De Guindos es que se cree que todo el patio es suyo. Parece que se ha olvidado rápidamente de que el patio me pertenece a mí y que, desde luego, he sido yo quien ha decidido ponerlo ahí.

Hace una vida muy tranquila; normalmente se pasa días enteros sin aparecer. Cuando lo busco, De Guindos se esconde; pero cuando me confío, me recuerda que sigue ahí. Le gusta llamarme la atención cuando se le acaba todo el alimento que le doy y me exige más. Tiene varios métodos para hacerlo.

El primero de ellos consiste en lanzarse desde una gran altura. Trepa hasta lugares inverosímiles, de los que no puede bajar, y después se lanza al vacío. El caparazón golpea en el suelo haciendo un característico ruido que me obliga a dejarlo todo e ir a socorrerle.

Otra forma de llamarme la atención es arañar el cristal de la puerta. Claro, que el cristal es duro, pero De Guindos tiene las uñas largas y afiladas. Sabe que insistiendo lo consigue, que así las puertas acaban cediendo, cuando en realidad soy yo el que las abre sin que él se de cuenta.

Pero el método más cruel de llamarme la atención lo ejecuta por las noches. Entra sigilosamente en mi dormitorio, buscando el agradable fresco de debajo de mi cama y se queda allí. Desde que esto ocurrió por primera vez, me cuesta dormir tan tranquilo como antes; quizás me de miedo de que se quiera comer mis sueños.

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Los buenos médicos se iban. Cada semana llegaba la noticia de una nueva emigración.

-Se van. ¡Se van!
-Pero, ¿adónde van?
-Al Norte. A Europa. A América. Se van.
-Pero, ¿a hacer qué?
-A trabajar. Los buscan ahí fuera. Los que ya están fuera informan de las ofertas a los que aún quedan dentro. Se van.

Algunos partían en silencio; otros celebraban estruendosas fiestas para conmemorar su marcha.

Él había leído mucho y a ella le gustaba comer nísperos, porque la parte dulce compensaba la ácida y, por otro lado, la escasez de pulpa se les perdonaba por la recompensa de poder plantar el hueso. Eran pareja de médicos y su ida era definitiva.

Fue una fiesta muy bonita. Sacaron a su terraza todos los muebles que no podían transportar, para que sus compañeros del hospital se quedaran con ellos. La médico que sabía de fibromialgia se quedó con un pequeño armarito de cajones; un joven internista acabó apadrinando el viejo teclado a pilas de cinco octavas y la chica de enfermedades infecciosas, unas viejas botas que habían utilizado para sembrar cactus.

Todo el mundo se fue y nadie quiso un viejo Robbins de Anatomía Patológica ni la hamaca de dos plazas.

La delicada oncóloga supo que yo quería llevarme los árboles. Me dijo que si nadie se los llevaba, nadie los regaría y se morirían bajo el sol del verano. Nunca habría apostado que ella tendría fuerza para levantar un limonero de dos metros con su tiesto; se veía que estaba acostumbrada a hacer esfuerzos sobrehumanos para mantener vidas.

Con la ayuda de una decena de médicos, el limonero llegó a mi patio. Un níspero mediano, de los que habían sido sembrados por la pareja de emigrantes, llegó también. Estaba quemado. A la mañana siguiente de la partida de mis viejos compañeros, podé las hojas muertas. Con una velocidad asombrosa, aparecieron nuevos brotes que en diez días se convirtieron en hojas verdes, frescas.