@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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Incluso en los balcones de aquel barrio, en el que vivían los ciudadanos menos patrióticos de mi ciudad, colgaron banderas de España.

Aquella misma semana, laxantes y astringentes, antitusígenos y expectorantes dejaron de estar financiados por el Estado. Era verdad que muchos de ellos eran de efectividad dudosa y, que los que eran realmente efectivos, no iban a matar a nadie por dejar de ser administrados.

Padres pintaban a sus hijos banderas de España en la frente y las mejillas; novias a sus novios.

PSOE y PP luchaban por llegar a un acuerdo en política económica respecto a la compra de deuda soberana por el Banco Central Europeo. Algo tenía que estar ocurriendo cuando un partido que dice tirar a la izquierda y otro que dice tirar a la derecha debían aceptar medidas comunes en algo en lo que deberían estar, por su propia ideología, en desacuerdo, como es la Economía.

Grupos de amigos planificaban sus quedadas para ver los partidos; unos compraban la cerveza, otros traerían la comida.

Una treintena de locos se refugió en la Catedral de la Almudena, tras haber sido deshauciados de sus viviendas, reclamando la comparecencia del Defensor del Pueblo. Los locos fueron adecuadamente reducidos por la Policía, puestos de rodillas contra la pared, dentro de la Catedral, sin defensa ni Defensor.

Las calles se llenaban de españoles tras cada victoria; muchos más que los que se reunían para las iniciativas ciudadanas de protesta.

La primera noticia del Telediario solía versar sobre la Selección. Yo siempre pensé que habría tres tipos de periodistas. Los primeros, los que sabían que no estaban informando acerca de lo realmente importante y se resignaban. Los segundos, los paternalistas que pensaban que los españoles nos merecíamos una tregua de buenas noticias en medio del huracán. Los terceros eran simplemente tontos.

La mayoría de España se sentía alegre aquella semana.

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Ahora me pongo corbata todas las mañanas.

No me lo pidieron; ningún otro médico la lleva. Tampoco se puede decir que el tiempo de mi ciudad durante el mes de junio anime para anudarse una corbata cada día.

Cuando trabajaba en la sanidad pública, solía llevar camisa. En invierno, con un botón desabrochado; en verano, con dos. Los días que me sentía más rebelde hacia el Sistema, me ponía un polo de manga corta; mi radicalidad llegaba al máximo cuando me vestía con mis camisetas azul eléctrico o verde lima.

Amigos y familiares han venido a recogerme a la salida de la consulta privada estos últimos días. Ellos, que saben que la elegancia al vestir no es precisamente mi fuerte, se ríen al verme encorbatado. Creen que la corbata es una forma que tengo de complacer al paciente privado. Pero se equivocan.

Parecerá una tontería, pero ahora que tengo que asumir la responsabilidad de médico especialista, me veo más seguro con un nudo al cuello.

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La película de Margaret Thatcher me ha dejado hecho polvo. Llevo pensando en ella un par de semanas porque ha conseguido cimbrear gran parte de mis ideas políticas.

En primer lugar, según la película, la política de Margaret Thatcher se basa en la máxima de potenciar la responsabilidad individual. Todos estaréis de acuerdo conmigo cuando digo que potenciar la responsabilidad individual de la ciudadanía de un país es bueno. Nadie puede estar en contra de una idea como ésa.

Sin embargo, las medidas de la Primera Ministra de Gran Bretaña se le tuercen en seguida, dado que cuando las pone en marcha se vuelven extremadamente impopulares.

Se reducen las becas universitarias. Ella apela a la responsabilidad individual: el estudio universitario es una inversión de futuro; por tanto las familias más humildes deben ser conscientes de la necesidad de ahorrar para invertir en los estudios.

Se cierran las minas de carbón del Estado que no fueran rentables. Ella apela a la responsabilidad individual de los mineros: si veis que vuestro trabajo produce más gastos que beneficios, deberíais de haberos dado cuenta y cambiar de ocupación. Incluso las huelgas de hambre de los mineros fueron interpretadas como pataletas de niño mal criado para intentar chantajear a papá estado.

Se reduce el poder de los sindicatos. Se apela de nuevo a la responsabilidad individual: si no te gusta ese trabajo, cámbiate. Lo que ella no iba a consentir era que los sindicatos, creados para defender los derechos de los trabajadores, atentaran mediante las huelgas contra el principal derecho de los trabajadores: el derecho al trabajo.

Se sufre la invasión de las Islas Malvinas: se envía allí a toda la Marina. Daban igual las bajas militares, la población militar debía asumir su responsabilidad y proteger a la población civil, que es para lo que se les remuneraba.

Ella critica en público que uno de sus ministros escriba con faltas de ortografía: critica su falta de responsabilidad. Pero, ¿acaso es aceptable que un Ministro tenga faltas de ortografía? ¿No criticamos nosotros que ninguno de nuestros Presidentes del Gobierno hable idiomas de forma fluída?

¿Entonces qué? ¿Es que llega un momento en el que fomentar la responsabilidad individual tiene un límite? ¿O es que el Estado debe siempre tener un papel paternalista del que no puede deshacerse? Me siento tentado a decir que algo de paternalismo debe tener el Estado, pero, por otro lado, aceptar que llega un límite en el que la población no puede asumir su responsabilidad individual me da náuseas.

En segundo lugar, de la película se puede aprender qué ocurre cuando un país sale de una crisis económica aplicando fuertes recortes sociales. Se puede criticar si esas medidas merecen la pena, debido al coste social que provocan. Te hace pensar. Pensar en medidas de recorte en la situación que vivimos es necesario. Hay que conocer la Historia, porque se aprende de ella.

Llegados a este punto me pregunté lo siguiente: Estudié Historia en 6º, 7º y 8º de EGB. Más tarde en 1º y 3º de BUP, y una sexta vez en 2º de Bachillerato. Seis años de Historia en los que nunca nadie me habló de las políticas económicas y sociales de la época Thatcher. Eso no puede ser. Es importante conocer la Historia reciente. ¿No tendría más sentido enseñar esto a los alumnos que insistir año tras año en la Crisis del siglo III?