@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

Martin Gardner escribió bastantes cuentos breves acerca de unas herramientas ideadas por extraterrestres que en realidad no eran más que el producto de su maravillosa imaginación.

Hoy quiero profundizar en la historia de un profesor de otra dimensión que acudió a la Tierra para codificar un libro con la simple ayuda de una barra de hierro. El libro que eligió fue “El Quijote”.

-Es muy sencillo escribir “El Quijote” en una barra de hierro -dijo. Sólo tengo que codificar las letras terrestres de forma que a cada una le corresponda un número de dos cifras. La A será el 01; la B, el 02; la C, el 03. Para las minúsculas, comenzaré por el 50: la a será el 51; la b, el 52; la c, el 53,… el punto equivale al 98; la coma, al 99 y el espacio al 00.
-¿Y después?
-Transformaré “El Quijote” en un inmenso número.

El profesor escribió con letras grandes las primeras palabras:

En un lugar de La Mancha…

Y a continuación su equivalencia numérica:

056400726400627257516900545500625100135114535851…

-¡Se forma un número demasiado grande!
-Sí, pero es sencillo de reducir. Basta con escribir “cero coma” delante del número. Algo así:

0,056400726400627257516900545500625100135114535851…

-¿Y ahora?
-Un extremo de mi barra representa el 0 y otro el 1. El número resultante tras la codificación de “El Quijote”, al llevar “cero coma” delante, ha de estar forzosamente entre el 0 y el 1. Por tanto, sólo tengo que marcar el lugar del número en mi barra y asunto solucionado.

Tal como prometió, el profesor marcó el complejo decimal en su barra de hierro y se volvió a su dimensión con su copia del libro de Cervantes. Y Gardner dejó que los humanos nos preguntásemos si tal sistema es posible, cuestión que hoy pretenderemos responder.

Con la tecnología actual, podemos hacer marcaciones muy precisas en una barra, pero no podemos llegar a un nivel subatómico. Así pues, el límite humano de precisión para este sistema es hacer una separación lo suficientemente fina como para separar dos átomos contiguos, pero no para marcar un átomo por la mitad.

Imaginemos que la barra de hierro midiera unos dos metros de largo y dos centímetros de diámetro. Como un palo de escoba grande.

El volumen de la barra sería de: 2 metros de largo * 0,01 metros de radio al cuadrado * 3,1416; es decir de aproximadamente 6,28*10^(-4) metros cúbicos.

Como la densidad del hierro es de 7874 kg/m3; la barra pesa 4947 gramos.

Un mol de hierro tiene 6,022*10^23 átomos y pesa 55,84 gramos. Así pues, la barra tiene 88,59 moles de hierro, que equivalen a 5,34*10^25 átomos de hierro.

La relación de los dos metros de barra respecto a la superficie de la sección de la misma (0,000314 metros cuadrados) es de 6369. Por tanto podemos deducir que a lo largo de la barra hay 8,38*10^21 átomos en fila india (calculado a partir del cociente de 5,34*10^25 átomos de hierro partido por la relación de 6369).

Aquí acaba el problema, porque sin poder hacer cortes subatómicos ni siquiera llegaríamos a “La Mancha”; nos quedaríamos codificando en la R de lugar.

Está visto por qué este sistema de marcas en barras de hierro no se ha hecho popular en nuestra civilización.

El Sistema Sanitario Público español es un terrible caos“; ¿alguno de los lectores no ha pensado esto alguna vez?

No. No puede ser. La frase anterior debe ser falsa porque, si en este país tratamos la gran mayoría de lo tratable y paliamos la gran mayoría de lo paliable, el caos del Sistema no debe ser ni tan grande ni tan terrible. Entonces, ¿por qué a la mayoría de los que trabajamos en Salud nos asalta de vez en cuando este pensamiento?

Sencillo. Porque todos tenemos sueños, ideas o proyectos para que el sistema en el que trabajamos sea mejor; o al menos, para que sin ser peor sea más fácil. A este sentimiento, que es bastante común, yo le llamo vocación; ustedes pueden llamarlo como les apetezca.

Esta noche me siento afortunado al ser consciente de la suerte que he tenido de haber podido asistir al evento Valencia2011; formado por un heterogéneo grupo de blogueros y twitteros del mundo de la Salud que creemos en el poder de nuestra ilusión por crear un sistema mejor: médicos, enfermeros, farmacéuticos, psicólogos, economistas, periodistas, bibliotecarios y gestores varios.

Este es el momento en el que me preguntarán ustedes, sobre todo si se dedican a la asistencia: “¿Entonces la culpa de que la situación esté como está no es de los malvados gestores?”. Y yo les responderé que que cuando estos gestores tienen la oportunidad de explicar las medidas impopulares para el personal cara a cara y en un lenguaje llano, las cosas se entienden mejor. E incluso uno es capaz de ver su parte de culpa en las actitudes propias que creía buenas.

Incluso de las farmacéuticas, las que invariablemente han jugado uno de los papeles más criticables en esto de la Sanidad, he vuelto con la visión positiva que me ha generado conocer a profesionales de este sector con una visión más abierta al diálogo que la tradicional existente.

Si han llegado hasta aquí, disculpen lo que en definitiva es la crónica de una excursión de magníficos anfitriones. Si les he parecido iluso, disculpen mi candidez. Al fin y al cabo, estoy en mi derecho a tenerla; aún sólo tengo veintisiete años.

Sufren su problema en silencio, y no es una metáfora.

Si las personas que escuchamos bien nos imaginamos el mundo de las personas que escuchan peor, seguramente pensaremos en una realidad en la que los sonidos suenan más débiles, como si bajáramos el volumen del televisor hasta hacerlo difícilmente audible.

Pero no es completamente así. Las personas que escuchan mal, llamadas técnicamente hipoacúsicos, no sólo escuchan el día a día más débilmente, sino que en bastantes ocasiones asocian tres problemas graves a su audición:

1. Falta de inteligibilidad: “A un determinado volumen ya soy capaz de oír, pero entonces ya no entiendo qué me dicen”.
2. Algiacusia: “Cuando el volumen es lo suficientemente alto para que pueda oír, me duelen los oídos”.
3. Acúfenos: “No sólo oigo menos, sino que siento como un ruido, rugido o pitido de fondo”.

El tratamiento de la hipoacusia es demasiado largo como para explicarlo por aquí, dado que esta falta de audición puede ser debida a diferentes enfermedades. A pesar de esto, muchas de las veces el único tratamiento posible son las audioprótesis: los popularmente llamados “audífonos”.

Los audífonos son herramientas increíblemente útiles cuando la persona no ha perdido demasiada audición. Es algo así como las gafas: dan mejor visión a alguien con pocas dioptrías; mientras que a un ciego de poco le sirven. Éste es el primer problema: al igual que ocurre con las gafas del ciego, cuando un paciente presenta una hipoacusia severa o profunda, el audífono no proporciona una audición confortable en bastantes ocasiones.

A este primer problema se le añade un segundo. Mientras que las gafas se han convertido en un artilugio de moda y no suelen avergonzar al que las lleva (se lo dice un servidor, que es usuario de las mismas desde los siete años), el audífono no corre la misma suerte y no es raro que el uso de uno de ellos sea rechazado por el paciente por cuestiones estéticas.

Este rechazo ocurre mientras que la hipoacusia se mantiene en un nivel que permite que la persona desarrolle una vida más o menos normal. En los casos en la que la sordera progresa y el uso de audífonos se hace realmente necesario, nos encontramos con el problema anterior: el audífono no otorga una audición que suela satisfacer al usuario.

Y como colofón a todo esto, el audífono tiene una gran desventaja respecto a sus compañeras las gafas, su precio, que puede fácilmente sobrepasar al de unas gafas en diez veces para los audífonos de gama media. Y desafortunadamente, los audífonos no entran dentro de las prestaciones de la Seguridad Social para los adultos.

En resumen, éstos son los motivos por los cuales parte de nuestra población no escucha bien. Mientras que los sanitarios nos estrujamos nuestras neuronas para solucionar este problema, nuestro deber como ciudadanos es ser conscientes de que la hipoacusia afecta a bastantes más personas de las que creemos y de que no perciben la vida como nosotros.