@Emilienko Cómo convertirse en entrenador Pokémon

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La sala de espera estaba llena y yo iba con retraso. La puerta de la consulta parecía una puerta normal pero, al terminar de atender a un paciente y abrir la puerta para atender a otro, se convirtió en un vórtice que me hizo retroceder veinticinco años.

Me quedé helado. Era la misma, pero veinticinco años después. Fue incapaz de decir nada.

-¡Sigue trabajando! ¡Sigue trabajando! -me dijo. Me cogió la mano y me dejó en ella un viejo sobre de banco.
-¡Señorita! ¡Un momento!

Ella se rió de que le llamara Señorita, con mayúscula, y se fue con una agilidad que me sorprendió. Entonces entró el siguiente paciente y dejé el sobre en el escritorio, sin poder abrirlo.

Acabé de pasar consulta a las tres y media y mi frigorífico estaba vacío. A veces me doy un capricho y me voy a comer al japonés de Triana. Vale, en realidad voy allí porque es muy barato y soy perezoso para cocinar. Ese día me fui al japonés. Acabar una consulta a las tres y media se merece un poco de sushi.

El de atún les queda especialmente bien y mientras me lo meto en la boca recuerdo el sobre, debajo del teclado del ordenador de la consulta. Ya es viernes por la tarde y la consulta está cerrada. Pero podría intentar abrirla. ¿Vuelvo? ¿Qué querría veinticinco años después? Vuelvo.

La consulta está, a las cinco de la tarde, cerrada. Me la abren. Cojo el sobre. Lo abro.

  1. Juana dice:

    Si uno ha sido tu profe debe ser un orgullo verte ahí, donde estás … un orgullo.

  2. anónimo dice:

    me gusta leer este tipo de entradas en tu blog..un saludo

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